Después de tanto viajar por el tiempo y el espacio, por este y otros mundos, sin lugar a dudas el lugar que más huella ha dejado en mi ha sido Endor (llamado también Endóre), la Tierra Media, que existió hace mucho y de la que el gran bardo Tolkien nos cantó la historia, las gestas y las batallas, las canciones, los poemas, los viajes, los amores y un sinfín de maravillas que a mi, Tuz Kutimosn, me siguen entusiasmando como la primera vez que escuché de ellas. Mucho hay que contar de esta Tierra Media, pero hoy, como me siento algo melancólico y perdido, empezaré por recordar unos hermosos versos que antaño pronunciara una gran rey:

Et Eärello Endorenna utúlien

Sinome maruwan ar Hildinyar tenn´

Ambar-metta

“Desde el Gran Mar a la Tierra Media he llegado, y en este lugar esperaré paciente, junto a mis descendientes hasta el fin de los tiempos”

Hermosas y tristes palabras pronunciadas por el Rey Elendil al desembarcar a las costas de la Tierra Media tras la caída de Númenor. Palabras que reflejan el hondo pesar de los hijos de los Edain al constatar que su hogar en el exilio no es sino un pálido reflejo de la fantástica Númenórë, el regalo de los Valar a los hombres al final de la Primera Edad del Sol. Su recuerdo ha llegado a nosotros con su nombre u otros diferentes, como el de Atlántida, y es a Númenor y más allá, al oeste y las orillas blancas, donde espero que alguno de mis viajes me lleve algún día pese a que los últimos barcos zarparon hace mucho tiempo, demasiado, desde los Puertos Grises.