Mientras el anciano agonizaba en su estrecha y maltrecha cama, apenas cubierto por un pedazo de tela descolorida y deprimente, no dejaba de hablar de la soledad. No crean que el buen hombre se quejaba de estar solo no, nada de eso, lo que hacía mas bien era echar sapos y culebras por la boca maldiciendo todo el dolor que había tenido que soportar al ir perdiendo a todas y cada una de las personas que había amado a lo largo de su larga, larguísima más bien pues había cumplido los 208 apenas una semana antes, vida. Tras más de dos siglos vagando por aquel oscuro mundo que habitaba, lo de oscuro es por que el Sol de aquel sistema quedaba tan lejos que apenas era más brillante que el resto de estrellas del firmamento, llamarlo Sol de hecho era un patético eufemismo, Solecito o Mini sol hubieran sido denominaciones mucho más adecuadas, el caso es que como digo, el anciano había visto llegar e irse a todo y todos a los que había amado y ahora, en el último momento parecía arrepentirse de ello.

– ¿Qué porqué? – el sonido ronco de su respiración no ocultó el cabreo que el moribundo llevaba encima – Señor Kutimon, ¿sabe usted lo que es vivir 208 años y ver morir a todos?

– Pero seguro que se alegra de haber conocido a tanta gente, buenos amigos, su esposa, sus hermanos…

– A todos – gritó fuera de si el viejales – A todos señor mío. Es horrible quedarse el último, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Menos mal que el pobre también murió hace un par de años, al final resultó ser el más solidario y el que más aguantó conmigo – un lágrima le rodó por la mejilla izquierda – 180 años siendo enemigos y es al que más echo de menos, maldito bastardo.

– ¿Y que hubiera preferido usted, estar sólo toda la vida para no perder a nadie?

– Vaya, parece que al fin y al cabo no es usted tonto – se le iba la vida por momentos – Eso mismo hubiera preferido señor Kutimon, vivir solo, estar solo, ser solo. No tener nada ni a nadie. Si no tienes, no pierdes señor Kutimon.

– No me convence anciano.

– ¿Y a mi que carajo me importa si le convenzo o no? Usted me ha preguntado y yo le respondo. Váyase de aquí y déjeme morir tranquilo.

– No se puede vivir solo señor –  insistí en mi afirmación

– ¿Ah no señor Kutimon? – me miró fijamente con unos ojos amarillentos por la enfermedad, ojos de moribundo – ¿Cuanta gente le acompaña en sus viajes amigo mío? ¿Hay acaso algún lugar al que pueda llamar hogar y al que pueda volver? ¿Lleva a alguien en su corazón señor Kutimon? Déjeme que responda por usted. No. Es usted mi ídolo señor mío, mi ídolo.

Tenía razón el condenado anciano. Tal vez, sólo tal vez, mi amor por la soledad, el hecho de disfrutar con mi única compañía de la vida, no era más que un espejismo que ocultaba el terrible temor a atarse a la gente para luego, antes o después, perderla. Lo cierto es que en mis viajes raramente me despido de las personas a las que conozco, no me gusta, odio despedirme, es algo superior a mis fuerzas y si lo hago es con un simple hasta pronto como si fuera a verlos al día siguiente.

Despedirse duele y no se me ocurre nada más doloroso que despedirse de alguien, esposa o amigo, tras una larga y hermosa vida juntos. Aún así el viejo que se moría me había abierto los ojos. Él hubiera deseado ser como yo, pero había disfrutado del amor y la compañía de un sinfín de seres queridos, en cambio yo estaba solo. Más solo que la Luna. Feliz pero solo, sin nadie con quien compartir mis deseos, mis temores o mis sentimientos más íntimos. No me permitía el lujo de amar ¿Acaso eso estaba mal? Siento decir que aún hoy, muchos meses después de que el buen anciano falleciera, sigo dándole vueltas al asunto y no puedo ofrecer una respuesta sincera así que continúo viviendo en la creencia de que la soledad no es mala si es por elección propia. La pregunta, supongo, es ¿existe tal cosa? ¿somos los seres humanos capaces de tomar decisiones por voluntad propia? ¿Elegimos estar solos o acompañados o es la vida la que elige por nosotros? Tal vez si hubiera hecho el curso por correspondencia de Filosofía existencial habría sabido responder a tanta y tan desconcertante pregunta pero de momento soy incapaz de hacerlo. Otro día será.

            En contra de lo que se suele creer al principio sólo podía oír. Oía el crujido de los metales retorciéndose de dolor, los chispazos de las decenas de cables magullados, abiertos, que recorrían aquel maltrecho vagón, los pasos sobre las piedras que rodeaban las vías, pasos de personas que ofrecían o pedían auxilio. Pero por encima de todo oía los gritos del interior del tren. Gritos de pánico, de miedo, de incomprensión.  

            Se limpió el líquido denso y caliente que le cubría el rostro, su propia sangre, con el dorso de la mano y entonces vio. Vio el vagón desde el suelo donde yacía, de lado, destrozado y sucio, lleno de polvo y fragmentos que mejor no saber de donde procedían. Vio un pequeño e inofensivo fuego que, extrañamente, le transmitió una cierta sensación de calidez en aquella fría mañana de marzo. Vio gente aturdida moviéndose de manera deslavazada, confusa, gris. Vio amargura.

            Después sintió y con el sentir llegó el dolor. Un agudo pinchazo en las piernas que, aplastadas bajo un amasijo de lo que veinte minutos antes eran un par de filas de asientos, no podía mover. Menos mal que podía sentir el delicioso y agudo dolor. Lo que no sintió fue pánico. Será el shock se dijo a si misma en un alarde de lucidez. Al menos mis piernas siguen estando ahí, triste consuelo.

            La sangre y las cenizas le supieron amargas. Las paladeó como si de una cata de vinos se tratase y el sabor, áspero y seco, le produjo náuseas. Escupió groseramente sobre el suelo del tren casi sin fuerzas, junto a su mejilla.  

            Sin embargo lo más desagradable fue el olor. Olor a muerte sin duda. Así es como huele la sinrazón, pensó. En aquel tren se respiraba olor a podredumbre y a bomba, a desesperación, a tristeza, a terror, a ciega venganza. Era un olor a cercanía, a conocidos sin nombre. Olor a gente, ni buenos ni malos, sólo gente al fin y al cabo, como ella. Olor a compasión. Olor a comprensión.

            Los ojos le pesaban y su cerebro embotado apenas reaccionaba ante la confusión reinante. No supo quién o porqué. No supo cuantos quedaron allí, en aquel tren con ella. Mientras la vida se le escapaba con cada gota de sangre que se deslizaba por sus múltiples heridas, pensó en la inmensa pena que sentía por aquellos que, Dios sabría porqué, habían provocado aquello. Pensó en lo triste y perdido que debía estar un ser humano para obrar así, para sentir tan poco aprecio por la vida. Lloró por aquellas pobres personas que se habían dejado consumir por una ira ciega que había convertido su existencia en algo tan miserable y pobre que no podía soportarse.

            Pensó en lo que daría por poder hablar tan solo un segundo con los responsables, no por despecho o rencor, por amor mas bien. Pensó en lo afortunada que era por ser capaz de sentir compasión en aquellos momentos, cuando sabía que su vida tocaba a su fin. Pensó en sus hijos y en su marido. Deseó que el odio no los consumiera, que el ciclo no continuase con ellos.

            Reclinó la cabeza sobre el suelo, cansada, y el olor desapareció. Al momento el sabor de las cenizas ensangrentadas se disipó en su boca y las piernas dejaron de doler. Cerró los ojos y dejó que la sangre cubriese de nuevo su hermoso y desaliñado rostro. Por fin, cuando se hizo el silencio, se durmió y todo quedó en calma.

Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego

(Mahatma Gandhi, 1869 – 1948)

En recuerdo de las víctimas y asesinos de los antentados del 11 de marzo de 2004. Este humilde autor confía y desea que, a pesar del dolor, de la rabia y de los deseos de justicia o venganza, allá cada uno, seamos capaces de romper ese círculo vicioso de incomprensión y ajustes de cuentas en que el mundo está sumido. No culpemos a Dios, a Alá, a los demás o al azar de nuestros propios actos, somos plenamente responsables de todas y cada una de las decisiones que tomamos en nuestra vida. Seamos pues conscientes de la responsabilidad que ello implica por que no hay religión o bandera que merezca pagar el precio de una vida humana. Ante todo somos personas, todos nosotros, no lo perdamos de vista. 

Entorno al año 63 a.C. nació mi gran amigo Marco Vipsanio Agripa, gran militar y amante de la arquitectura, detalle este último que pocos conocen. Agripa era una persona sencilla que siempre prefirió la humilde y tosca vida del soldado antes que los avatares y entresijos de la política que tan bien se le daban a su íntimo amigo, el gran emperador Octavio Augusto.

Cuando viajo en el tiempo me gusta visitarle en la isla de Lesbos, desde donde, durante un breve período de tiempo, ejerció el gobierno de la provincia de Siria. Como a él, no me gusta el ajetreo de la gran ciudad y Roma si me permiten ustedes el apunte, no es que fuese una ciudad grande, era inmensa, un parásito que albergaba a casi un millón de almas y que vivía de la riqueza que le ofrecía su vasto imperio. Tengan ustedes en cuenta que un millón de almas en aquellos lejanos días eran muchas almas y no miento si les digo que a mi, Tuz Kutimon, amante de la paz y la tranquilidad del campo, semejante monstruo urbano me causaba pánico.

Los viajes en el tiempo son extremadamente caros así que, pese a la gran amistad que nos une, no nos vemos todo lo que me gustaría, para él es otra historia claro, su percepción de nuestros encuentros es bien diferente. Forjar una buena amistad entre hijos de mundos y épocas tan dispares no es tarea fácil. Supongo que tanto Agripa como yo coincidimos en que lo que importa de verdad son las personas más allá de tiempos y lugares, sin que prejuicios, leyes o modas alteren nuestra mutua percepción del otro. Créanme si les digo que Marco Agripa es una gran persona, ojalá le conociesen ustedes.

– Hermano Kutimon, que alegría verte de nuevo, parece que fue ayer cuando nos vimos por útlima vez – Me dijo sonriendo cuando me vio aparecer junto a la balaustrada de mármol de su residencia en Lesbos. Las vistas eran espectaculares con el mar al fondo.

– Es que fue ayer querido Agripa, al menos para ti – dado que siempre le vistaba en Lesbos él tenía la impresión, real por otra parte, de que nos habíamos visto todos los días del último mes.

– Por Júpiter es cierto ¿y para ti hermano Kutimon? ¿cuanto hace que no nos vemos?

– Ocho meses Agripa – respondí con tristeza – echaba de menos esa desgaradable voz tuya – Agripa soltó una estruendosa carcajada ante mi ocurrencia y me ofreció una copa de vino con miel que yo acepté gustoso.

– Hermano, si es cuestión de dinero ya sabes que puedes llevarte unos millones de sestercios en oro – Era un tipo franco y generoso, siempre me hacía la misma oferta y yo siempre la rechazaba.

– Gracias Marco, ya sabes que no puedo llevarme nada de aquí, las consecuencias serían imprevisibles – recordaba mi viaje al funeral de un futuro amigo y sus funestas cosecuencias, además no creo que ningún banco del Universo aceptase sestercios romanos del siglo I por muy relucientes y recién acuñados que estuviesen. 

Las dos horas que pasábamos juntos eran sencillamente exquisitas. Dos amigos compartiendo una copa de vino, dejándose llevar por una conversación agradable y sincera a la luz de los largos y cálidos atardeceres mediterráneos. Como todo lo bueno en la vida aquellas reuniones debían terminar. Las leyes temporales establecen que no se podrá visitar a una misma persona más de 30 veces así que aquel fue mi último encuentro con el general Agripa. Se trataba de evitar el establecimiento de lazos demasiado fuertes entre nativos y viajeros, lazos que antes o después podrían desembocar en quebranto de las normas provocando catástrofes temporales, yo mismo me había sentido tentado de llevar a Agripa al futuro para que conociese mi mundo.

– Te echaré de menos hermano Kutimon – me dijo emocionado mientras palmeaba con fuerza mi espalda. Los romanos son gente curiosa, recios y grandes soldados no temen mostrar sus emociones. Agripa estaba al borde las lágrimas. Yo también – Supongo que no volveremos a vernos

– Yo si te veré a ti Marco – respondí – es lo menos que puedo hacer.

– Que Jano te proteja hermano Kutimon

Habíamos llegado a conocernos bien y sé que se sintió tentado de preguntarme cuándo y cómo iba a morir. Supongo que sabía que jamás se lo hubiera dicho. La última vez que lo vi fue en su funeral.

En marzo del año 12 d.C. falleció el general Marco Vipsanio Agripa, mano derecha del emperador Cayo Julio César Octavio Augusto. Era joven, apenas 51 años a sus espaldas y la muerte le cazó en Panonio, más allá del Danubio, prestando su último servicio a Roma. Pese a que consiguió regresar a la ciudad  falleció al poco tiempo. Su íntimo amigo el emperador Augusto organizó un funeral majestuoso y él mismo leyó el discurso en honor de nuestro común amigo. Lloró como un niño cuando recibió la noticia. No llegamos a cruzar palabra pero me pareció un buen hombre de tristeza sincera.

            Me puse las gafas de sol y en cuanto abrí los ojos pensé que tal vez había sido un error. A punto de anochecer en un día tan encapotado y gris no era cosa de andar medio ciego por la vida, sin embargo, como tampoco era cuestión de reconocer públicamente mi error, avancé con toda la dignidad que fui capaz de reunir rogando a los dioses que tuvieran a bien mantenerme a salvo de obstáculos y personas.

            No debieron ser de su agrado mis ruegos por que unos cien metros después me había abierto la ceja tras chocar con una estúpida farola, ubicada en medio de la acera a modo de trampa, y un señor con muy mala uva me había atizado un puñetazo en la boca del estómago por pisar a su perrito, un animal bastante desagradable, ladrador y muy nervioso al que no pude esquivar.

            – ¿Es usted ciego o imbécil? – me preguntó el propietario del ruidoso perrito con mucha educación.

            – Imbécil – respondí sincero pues de todos es sabido que yo, Tuz Kutimon, no miento jamás, salvo en las contadas ocasiones en que no digo la verdad.

            El puñetazo fue tan fuerte que casi se me sale el estómago por la boca. Caí de rodillas y me quedé sin aire boqueando como un pececillo fuera del agua, llorando de puro dolor.

            – ¿Por que no le ha dicho que es usted ciego? – una amable anciana se acercó para ayudarme mientras el resto de la gente me miraba con curiosidad y asco, estaba llenando la acera de sangre y baba. La anciana me ofreció un pañuelo para limpiarme la ceja abierta y, tras unos segundos, me incorporé con dificultad y resoplando pesadamente.

            – No le he dicho que soy ciego por que no lo soy señora – había anochecido y  no sabía muy bien donde estaba la buena mujer así que hablé hacia la dirección que me pareció más probable.

            – Ya entiendo – me cogió la cara con ambas manos para dirigirla hacía donde estaba ella – no creo que el buzón tenga mucho interés en lo que tenga usted que decir, en cambio yo si ¿no miente usted por principios o porqué no sabe?

            – Oh no por los dioses. Claro que sé mentir, es sólo que no quiero hacerlo – afirmé muy serio

            – Se hubiera ahorrado usted un buen puñetazo hijo mío

            – Si señora, pero mi ceja seguiría abierta y sangrando, mientras que el puñetazo apenas me duele ya. Me desagrada mentir, cada vez que lo hago me siento como si no dijera la verdad.

            – Es usted más agudo de lo que parece señor Kutimon.

            – Así es señora, y si me pongo de perfil se me nota más ¿lo ve?

            – No señor Kutimon, está demasiado oscuro para ver nada.

            – Verá señora, mentir es un proceso desagradable y adictivo, además de resultar socialmente antiestético. Cuando uno empieza a mentir, aunque sea por una muy loable razón, se va enredando en una red enredada de la que luego es muy difícil desenredarse. Mientes un poquito por aquí y otro poquita por allá y al final mientes más que hablas y lo peor es que no sabes como has llegado a eso.

            – Me gusta usted señor Kutimon

            – ¿No me estará mintiendo? – ya ven, tanto hablar de mentiras me había vuelto algo suspicaz

            – Jajaja por los dioses, no señor Kutimon, no le miento. Además ya sabe lo que dicen, se coge antes a un mentiroso que a un cojo.

             – No sé… hay cojos realmente rápidos

            -Y mentirosos muy lentos, no es una cuestión de velocidad señor Kutimon

            – Cuanta razón tiene señora, es mejor un cojo con imaginación que un mentiroso lento

            – Y los dioses nos libren de los cojos mentirosos – dijo mientras hacía un gesto para alejar el mal de ojo

            – Amén a eso. Qué gente mas desagradable – respondí con cara de asco

            – Dígame señor Kutimon ¿Tiene usted licencia?

            – ¿Para qué?

            – Para cazar

            – ¿Cojos o mentirosos?

            Resultó que la buena señora tenía un estupendo coto privado de caza donde los mentirosos se habían reproducido mucho y vivían en libertad controlada, eso si, mintiendo a todas horas. Decían mentiras, respiraban mentiras y hasta cagaban mentiras, de haber sido un parque temático aquel lugar se habría llamado sin duda, Mentirolandia. Dos veces al año se organizaban selectas monterías en las que la buena mujer, que resultó ser asquerosamente rica, reunía a un escogido grupo de invitados que durante dos días se dedicaban a la caza y derribo del mentiroso. Desgraciadamente no pude ir por que ya tenía un compromiso previo, un estupendo viaje temporal, hay que ver cuanto me gustan, para ver a mi viejo amigo el general Agripa. 

Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver

(Proverbio judío)

 El que dice una mentira no sabe que tarea ha asumido, por que estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera

(Alexander Pope, poeta inglés, 1688 – 1744)

Uno de esos días ventosos en los que la gente se pone nerviosa y anda sin mirar por donde va, me encontré con una vieja amiga de la infancia, una compañera de la escuela que en aquellos años de adolescencia incandescente nos hacía suspirar y provocaba en nosotros, jóvenes de recién descubierta y desbocada sexualidad, una serie de desajustes hormonales animalescos y algo agresivos. De esta vieja amiga, cuya belleza y atractivo habían volado en unos pocos años de manera sorprendente, sólo quedaba una mutante oronda de un grosor opulento y sudoroso, que andaba deprimida por que según afirmaba delante de su humeante café con leche, no sabía que hacer con su vida.

– ¿Qué no sabes que hacer con tu vida? – la gente no deja de sorprenderme con sus absurdas reflexiones acerca de esta existencia tan mundanalmente sencilla que es la nuestra – vivirla. Lo que hay que hacer con la vida es vivirla y ya está, además tampoco es que tengas muchas opciones. Vivir o vivir.

– Como si fuese tan fácil – supongo que la pobre esperaba que yo le apoyase en sus tristes y extrañas suposiciones cosa que, por descontado, no hice –  Tuz, tú sabes a que me refiero (no tenía ni idea pero afirmé con la cabeza pues empezaba aburrirme la cháchara de aquella histérica desajustada) yo esperaba que con treinta y dos años ya habría llegado…

– ¿Qué me dices? ¿Tienes que llegar a algún sitio? – pregunté haciéndome el sorprendido mientras ella me miraba molesta por la interrupción – y seguro que además llegas tarde ¿a que si? – no se le escapó mi tono burlesco y por un segundo sentí lástima por ella, pero es que no puedo soportar a la gente que vive la vida siempre pensado en el futuro. Es como conducir fijando la mirada quinientos metros más allá… te la pegas tan cierto como que los dioses existen.

– Tuz Kutimon – me dijo muy seria – antes eras mucho más agradable y te bebías el café de un trago.

– Pues ahora lo hago a sorbitos – si aquella cretina gorda como un ternesco se creía que podía darme lecciones sobre cómo se bebía el café estaba muy equivocada – todos saben que a sorbitos pequeños el café se digiere mejor y la cafeina cunde más.

En ese momento un señor de unos ciencuenta años completamente desnudo, de pelo blanco y tez más blanca aún, se acercó a nuestra mesa y metió los dedos en nuestras tazas removiendo los cafés. Le dimos las gracias aunque le rogué que la próxima vez intentase no rozar la mesa con su flácido pene, que quieren que les diga, soy algo escrupuloso con los penes ajenos. El buen hombre se disculpó  muy cortés y servicial y nosotros continuamos bebiendo café, ella de un trago y yo a sorbitos. Así pasaron diez cafés en los que el hombre desnudo no volvió a rozar la mesa con su pene ni una sola vez. Un auténtico profesional. Estabamos algo alterados por que, a sorbitos o de un trago, diez cafés son diez cafés y sin embargo ella seguía con su retalía de bobadas. Parecía un sapo torrijero.

– TuzKutimonnotienesningunasensibilidadconlosproble… – les juro por todos los dioses del panteón que jamás he escuchado a nadie hablar tan rápido pronunciando todas y cada una de las palabras que quiere decir. Habilidosa desde luego era la chica. Siguió hablando largo y tendido durante lo siguientes veinte minutos. No presté ninguna atención, en parte por que estaba bastante excitado y no me podía concentrar y en parte por que no me interesaba lo más mínimo lo que decía el sapo.

Al final, aburrido y al borde del homicidio me levanté muy despacio aprovechando que ella seguía hablando mientras miraba al techo y salí del bar sin hacer mucho ruído. El viento soplaba con fuerza y la gente corría nerviosísima por las calles gritando y tirándose de los pelos unos a otros. Algunos, los más egoistas, se tiraban de los propios cabellos practicando una suerte de onanismo capilar que, en mi humilde opinión, no tenía ninguna gracia. Me agazapé en un portal hasta que se me cruzó un joven con melena, le agarré del pelo y empecé a tirar con todas mis fuerzas mientras el chillaba como un cerdo.

Debieron ser precisamente los gritos lo que atrajo una piara de cerdos que paseaban por allí y que, furiosos, empezaron a mordernos y a patearnos con sus pezuñas de manera despiadada. El melenas y yo dejamos de lado nuestras diferencias y nos convertimos en aliados por necesidad para enfrentarnos a la porcina agresión. Dos horas después llegaba a casa exhausto y magullado. Los cerdos son enemigos fieros y hay que ver que patadas pegan.

Quienes tienen el gusto de conocerme saben que yo, Tuz Kutimon, soy una persona alegre además de un hombre de paz, tranquilo, puede que incluso en exceso, pero lo cierto es que ni tengo prisa por llegar a ningún lado ni me gusta dejar que las emociones irracionales dominen mi ajetreada existencia. Como en todas las cosas hay excepciones. Cuando vi a mi pobre y querido Numa inconsciente y amoratado en la cama del hospital sentí hervir la sangre en mis venas a la vez que una ira ciega y nociva, oscura, se apoderaba de mi.

            Los médicos no me supieron decir que había ocurrido más allá de lo que resultaba obvio, le habían dado una paliza de muerte y precisamente ahí, discutiendo con la Parca acerca de si se iba o se quedaba, estaría mi buen amigo, la persona más inocente que conocía. Lo trajeron de madrugada los servicios de emergencia, apenas respiraba por que la brutal agresión le había provocado un neumotórax severo además de varias hemorragias internas. Su respiración era lenta, pesada y ruidosa y eso, en alguien joven y vital como él, resultaba especialmente doloroso. La cara, un hermoso y delicado rostro de piel suave y tersa, pálida, estaba deformada por los golpes hasta el punto de que resultaba difícil reconocer su verdadera apariencia. El ojo izquierdo apenas se intuía sepultado bajo una enorme hinchazón y el labio inferior, partido y burdamente cosido, dibujaba una sonrisa burlona y doliente, grotesca hasta lo ridículo. Los brazos estaban llenos de moratones y entre ellos pude apreciar varias quemaduras, de cigarrillo supuse, el agresor se había ensañado con él. Desgraciado. Cobarde.

            Me incliné sobre él sumido en una desgarradora desesperación, frustrado por no poder hacer nada más que llorar su dolor e incapaz de transmitir algo de vida a aquel cuerpo magullado y castigado por la absurda crueldad de los hombres. No sé cuanto tiempo estuve susurrándole al oído. En un momento dado observé con alegría como Numa abría los ojos, más bien un ojo, el izquierdo apenas me ofreció un rendija a través de la cual un iris verde esmeralda se agitó asustado y veloz. Por aquella masa amoratada e irreconocible que era su rostro fluyeron lágrimas. Lágrimas de incomprensión, de miedo, de dolor. Pero sobre todo eran lágrimas de pena, lágrimas fruto de una tristeza absoluta, carente de ira, lágrimas inocentes de un alma inocente, sin malicia ni mezquindad.

            – No ha dicho nada aún – el doctor de voz neutra y fría, tal vez acostumbrado a ver estas cosas, intentó transmitirme algo de calor humano apoyando su mano sobre mi hombre hundido.

            – ¿Y que va a decir doctor? ¿Qué pretende que diga? – respondí sin girar la cabeza, quería que me dejaran en paz. Que nos dejaran en paz. – Es sólo un niño doctor ¿Qué va a decir? – repetí angustiado

            Estreché su pequeña manita entre las mías, el dedo anular estaba roto y al percibir la extrema fragilidad de aquel cuerpo, aún en pleno proceso de formación, me sentí desgarrado por un dolor lacerante que me consumía, alimentando en el proceso una furia irracional y primitiva, asesina, que se iba apoderando de mi al ver a una criatura tan indefensa en aquel estado, apalizada de forma cruel por un villano malnacido que había perdido el alma y la humanidad. Temblada como lo que era, un niño de cuatro años indefenso y asustado, terriblemente asustado, confuso ¿Cómo podía alguien hacerle esto a un niño? Me miró con su ojito derecho más o menos intacto, lloroso y suplicante, aterrorizado mientras sus dedos se replegaban sobre mi pulgar. Buscaba el cariño que todo niño necesita para crecer, para sobrevivir, el cariño que su padre le había proporcionado a base de golpes. Lo necesitaba. No entendía otro lenguaje.

            Acaricié con delicadeza sus brazos, le sequé las lagrimitas que rodaban por sus mejillas. Gimió. Incluso el más mínimo contacto le dolía. Sonreí con infinita tristeza y le hablé de nuestros juegos, le dije que pronto volveríamos a sentarnos a colorear en el centro público, le prometí que leeríamos cuentos y saltaríamos en el parque. Me creyó, confió en mi y al percibir la fe absoluta que aquel niño maltratado ponía en mí, un adulto, rompí a llorar. Lloré incapaz de comprender las acciones de aquel que era responsable de semejante atrocidad y lloré por Numa, por no ser capaz de explicarle el porqué. Lloré por que lloraba y lloré al ver sus lágrimas teñidas de sangre. Sabía que no era la primera vez y hasta ese momento había sido capaz de mantenerme al margen y hacer lo posible por compensar cada golpe con una sonrisa, cada morado con un cuento y cada quemadura con un nuevo juego.

            Durante tres días no me moví del hospital. Al tercer día me dirigí a cierto bar cochambroso que conocía bien. Era de madrugada y espere afuera, entre las sombras y la niebla nocturna, a que la bestia y su acompañante saliesen. No era alcohólico o drogadicto, ni siquiera esa patética y triste excusa podía argumentar. Se trataba sencillamente un animal rabioso. Soy Tuz Kutimon y no soy partidario de la violencia pero aquella noche la ejercí de manera directa y brutal. Aquella bestia sin corazón no volvería a tocar a Numa y Numa nunca sabría quien era la bestia. La primitiva ira que me poseía aquella noche quería más. Demandaba ajustar cuentas con la madre, esa repugnante avestruz que jamás movió un dedo. La dejé ir. También odié a los vecinos por su silenciosa y mortal displicencia y, sobre todo,  me odié a mi mismo por haberme mantenido al margen durante demasiado tiempo. 

            Con el paso de los años Numa se convirtió en un muchacho inteligente, bueno y vivaz y aunque siempre afirmó creer que su padre había muerto en un accidente (eso fue lo que le dije) sospecho que ese trasfondo triste que aún hoy se atisba en su mirada, oculta un inconsciente reconocimiento de la verdad. Mucho me temo que el niño que fue, la criatura maltratada que yacía en aquella cama del hospital, desconcertada ante tamaña y brutal violencia, nunca le abandonará del todo. En cuanto a mi, Tuz Kutimon, sé que debería arrepentirme por lo que hice, sé que toda vida es sagrada, lo sé. Pero no me arrepiento. No me arrepiento en absoluto. Pueden ustedes juzgarme y yo aceptaré humilde su juicio pero no me arrepentiré jamás por lo que hice y mis actos me perseguirán hasta el día que me muera y los dioses me juzguen y cuando lo hagan les diré lo que ahora les digo a ustedes, que no me arrepiento.

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver que pasa (Albert Einstein)

Lo que se les de a los niños, los niños lo darán a la sociedad (Karl A. Menniger)

He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño (Joseph Heller)

De todos es sabido que los dioses son omniscientes, lo saben todo y lo ven todo, pero es precisamente esa omnisciencia la que hace que no se fijen en los pequeños detalles. Imagínense ustedes que se pasan el día en todas partes a la vez, escuchando, viendo y sintiendo absolutamente todo lo que ocurre en esta vasta creación que habitamos. Se ve que los dioses piensan que con eso es suficiente pero no, si se te escapan los pequeños detalles, en el fondo es que no te estás enterando de nada.

Paseando con un dios que, aburrido, había descendido de las alturas para mezclarse con los pobres mortales como yo, terminamos en un hermoso parque infantil donde algunos conocidos observaban a sus hijos jugar en los columpios.

– ¿Qué son esas extrañas criaturas? – pregunto el dios intrigado

– ¿Criaturas? – el joven padre de pelo negro le miró asustado – ¿Qué criaturas? ¿Acaso han vuelto los negroperros?

Los negroperros son una raza de canes mutantes con muy malas pulgas. Pulgas malas de verdad, de las que pican con saña y a traición y lo hacen con mala idea, son unas pulgas vengativas y traicioneras. Pero esa es otra historia que no debe preocuparnos por ahora.

– Esas criaturas pequeñas que emiten ese fastidioso sonido  – una mueca de disgusto se dibujó en su rostro mientras señalaba a los críos

– ¡Esas criaturas son los niños! – la mamá histérica y sobreprotectora parecía molesta de verdad – Y no emiten ningún ruido fastidioso, están jugando y se ríen.

– ¿Podría ver uno?

– ¿Un qué?

– Un… niño – dudó la divinidad al recordar el nombre de aquellos seres

Uno de los padres, deseoso de ganar puntos ante la posibilidad de que aquello de la vida eterna fuese real, se acercó rápidamente y cogió en brazos a su hijo de apenas un año que jugaba en la arena. Se lo ofreció al dios para que éste a su vez lo cogiese.

– ¿Qué es esto? – señaló al pañal mientras el padre permanecía en pie frente a él sujetando a la criatura.

– El pañal – respondió el padre dudando de la omnisciencia de aquel dios

– ¿Y por qué llevan este… pañal?

– Ya sabe… es por que los niños… – dejó la frase en el aire

– Los niños qué – inquirió el dios impaciente

– Verá señor dios, los críos se cagan y se mean encima, por eso les ponemos pañal – decidí echar un cable al pobre padre

– Ah ya veo – respondió el dios satisfecho – son defectuosos

– ¡No! – la madre defendió a los niños – lo que pasa es que tienen que aprender

– ¿Aprender? ¿Qué es aprender?

– ¿Que es aprender? – repitió burlón un segundo padre que hasta entonces había permanecido en un segundo plano – habló el señor don “yo no necesito aprender

– Pues claro queno necesita aprender imbécil, es un dios – me enfrenté a aquel bobo, que sin saberlo podía meternos en un buen lío, y le invité con la mirada a regresar a su patético segundo plano.

– No comprendo ese concepto, aprender – el dios parecía algo atribulado – ¿acaso no nacéis sabiendo todo lo que necesitais? Si estas criaturas se defecan encima son defectuosas ¿o no?

– No divinidad, las cosas no funcionan así – a ver como le explicaba yo a un dios lo que era aprender. Manda huevos que un mortal tenga que enseñarle a un dios, pensé – La vida es aprender, puede parecer extraño pero es así, vamos adquiriendo experiencia con el paso del tiempo.

– ¿Y al final llegais a saberlo todo?

– Pues… no, ni nos acercamos – admití

A partir de ahí se inició un absurdo debate filosófico acerca de la esencia de la vida. El dios cansado de nuestra mortal ignorancia se elevó sobre nosotros envuelto en una aureola de lucecitas verde amarillentas con destellos violetas y se alejó volando. El pobre niño que llevaba media hora en volandas se cagó dejando una peste horrible en el aire y yo, después de meditar el asunto durante siete minutos y medio, me marché muy contento de no saberlo todo.