Me puse las gafas de sol y en cuanto abrí los ojos pensé que tal vez había sido un error. A punto de anochecer en un día tan encapotado y gris no era cosa de andar medio ciego por la vida, sin embargo, como tampoco era cuestión de reconocer públicamente mi error, avancé con toda la dignidad que fui capaz de reunir rogando a los dioses que tuvieran a bien mantenerme a salvo de obstáculos y personas.

            No debieron ser de su agrado mis ruegos por que unos cien metros después me había abierto la ceja tras chocar con una estúpida farola, ubicada en medio de la acera a modo de trampa, y un señor con muy mala uva me había atizado un puñetazo en la boca del estómago por pisar a su perrito, un animal bastante desagradable, ladrador y muy nervioso al que no pude esquivar.

            – ¿Es usted ciego o imbécil? – me preguntó el propietario del ruidoso perrito con mucha educación.

            – Imbécil – respondí sincero pues de todos es sabido que yo, Tuz Kutimon, no miento jamás, salvo en las contadas ocasiones en que no digo la verdad.

            El puñetazo fue tan fuerte que casi se me sale el estómago por la boca. Caí de rodillas y me quedé sin aire boqueando como un pececillo fuera del agua, llorando de puro dolor.

            – ¿Por que no le ha dicho que es usted ciego? – una amable anciana se acercó para ayudarme mientras el resto de la gente me miraba con curiosidad y asco, estaba llenando la acera de sangre y baba. La anciana me ofreció un pañuelo para limpiarme la ceja abierta y, tras unos segundos, me incorporé con dificultad y resoplando pesadamente.

            – No le he dicho que soy ciego por que no lo soy señora – había anochecido y  no sabía muy bien donde estaba la buena mujer así que hablé hacia la dirección que me pareció más probable.

            – Ya entiendo – me cogió la cara con ambas manos para dirigirla hacía donde estaba ella – no creo que el buzón tenga mucho interés en lo que tenga usted que decir, en cambio yo si ¿no miente usted por principios o porqué no sabe?

            – Oh no por los dioses. Claro que sé mentir, es sólo que no quiero hacerlo – afirmé muy serio

            – Se hubiera ahorrado usted un buen puñetazo hijo mío

            – Si señora, pero mi ceja seguiría abierta y sangrando, mientras que el puñetazo apenas me duele ya. Me desagrada mentir, cada vez que lo hago me siento como si no dijera la verdad.

            – Es usted más agudo de lo que parece señor Kutimon.

            – Así es señora, y si me pongo de perfil se me nota más ¿lo ve?

            – No señor Kutimon, está demasiado oscuro para ver nada.

            – Verá señora, mentir es un proceso desagradable y adictivo, además de resultar socialmente antiestético. Cuando uno empieza a mentir, aunque sea por una muy loable razón, se va enredando en una red enredada de la que luego es muy difícil desenredarse. Mientes un poquito por aquí y otro poquita por allá y al final mientes más que hablas y lo peor es que no sabes como has llegado a eso.

            – Me gusta usted señor Kutimon

            – ¿No me estará mintiendo? – ya ven, tanto hablar de mentiras me había vuelto algo suspicaz

            – Jajaja por los dioses, no señor Kutimon, no le miento. Además ya sabe lo que dicen, se coge antes a un mentiroso que a un cojo.

             – No sé… hay cojos realmente rápidos

            -Y mentirosos muy lentos, no es una cuestión de velocidad señor Kutimon

            – Cuanta razón tiene señora, es mejor un cojo con imaginación que un mentiroso lento

            – Y los dioses nos libren de los cojos mentirosos – dijo mientras hacía un gesto para alejar el mal de ojo

            – Amén a eso. Qué gente mas desagradable – respondí con cara de asco

            – Dígame señor Kutimon ¿Tiene usted licencia?

            – ¿Para qué?

            – Para cazar

            – ¿Cojos o mentirosos?

            Resultó que la buena señora tenía un estupendo coto privado de caza donde los mentirosos se habían reproducido mucho y vivían en libertad controlada, eso si, mintiendo a todas horas. Decían mentiras, respiraban mentiras y hasta cagaban mentiras, de haber sido un parque temático aquel lugar se habría llamado sin duda, Mentirolandia. Dos veces al año se organizaban selectas monterías en las que la buena mujer, que resultó ser asquerosamente rica, reunía a un escogido grupo de invitados que durante dos días se dedicaban a la caza y derribo del mentiroso. Desgraciadamente no pude ir por que ya tenía un compromiso previo, un estupendo viaje temporal, hay que ver cuanto me gustan, para ver a mi viejo amigo el general Agripa. 

Con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver

(Proverbio judío)

 El que dice una mentira no sabe que tarea ha asumido, por que estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera

(Alexander Pope, poeta inglés, 1688 – 1744)

Anuncios

Uno de esos días ventosos en los que la gente se pone nerviosa y anda sin mirar por donde va, me encontré con una vieja amiga de la infancia, una compañera de la escuela que en aquellos años de adolescencia incandescente nos hacía suspirar y provocaba en nosotros, jóvenes de recién descubierta y desbocada sexualidad, una serie de desajustes hormonales animalescos y algo agresivos. De esta vieja amiga, cuya belleza y atractivo habían volado en unos pocos años de manera sorprendente, sólo quedaba una mutante oronda de un grosor opulento y sudoroso, que andaba deprimida por que según afirmaba delante de su humeante café con leche, no sabía que hacer con su vida.

– ¿Qué no sabes que hacer con tu vida? – la gente no deja de sorprenderme con sus absurdas reflexiones acerca de esta existencia tan mundanalmente sencilla que es la nuestra – vivirla. Lo que hay que hacer con la vida es vivirla y ya está, además tampoco es que tengas muchas opciones. Vivir o vivir.

– Como si fuese tan fácil – supongo que la pobre esperaba que yo le apoyase en sus tristes y extrañas suposiciones cosa que, por descontado, no hice –  Tuz, tú sabes a que me refiero (no tenía ni idea pero afirmé con la cabeza pues empezaba aburrirme la cháchara de aquella histérica desajustada) yo esperaba que con treinta y dos años ya habría llegado…

– ¿Qué me dices? ¿Tienes que llegar a algún sitio? – pregunté haciéndome el sorprendido mientras ella me miraba molesta por la interrupción – y seguro que además llegas tarde ¿a que si? – no se le escapó mi tono burlesco y por un segundo sentí lástima por ella, pero es que no puedo soportar a la gente que vive la vida siempre pensado en el futuro. Es como conducir fijando la mirada quinientos metros más allá… te la pegas tan cierto como que los dioses existen.

– Tuz Kutimon – me dijo muy seria – antes eras mucho más agradable y te bebías el café de un trago.

– Pues ahora lo hago a sorbitos – si aquella cretina gorda como un ternesco se creía que podía darme lecciones sobre cómo se bebía el café estaba muy equivocada – todos saben que a sorbitos pequeños el café se digiere mejor y la cafeina cunde más.

En ese momento un señor de unos ciencuenta años completamente desnudo, de pelo blanco y tez más blanca aún, se acercó a nuestra mesa y metió los dedos en nuestras tazas removiendo los cafés. Le dimos las gracias aunque le rogué que la próxima vez intentase no rozar la mesa con su flácido pene, que quieren que les diga, soy algo escrupuloso con los penes ajenos. El buen hombre se disculpó  muy cortés y servicial y nosotros continuamos bebiendo café, ella de un trago y yo a sorbitos. Así pasaron diez cafés en los que el hombre desnudo no volvió a rozar la mesa con su pene ni una sola vez. Un auténtico profesional. Estabamos algo alterados por que, a sorbitos o de un trago, diez cafés son diez cafés y sin embargo ella seguía con su retalía de bobadas. Parecía un sapo torrijero.

– TuzKutimonnotienesningunasensibilidadconlosproble… – les juro por todos los dioses del panteón que jamás he escuchado a nadie hablar tan rápido pronunciando todas y cada una de las palabras que quiere decir. Habilidosa desde luego era la chica. Siguió hablando largo y tendido durante lo siguientes veinte minutos. No presté ninguna atención, en parte por que estaba bastante excitado y no me podía concentrar y en parte por que no me interesaba lo más mínimo lo que decía el sapo.

Al final, aburrido y al borde del homicidio me levanté muy despacio aprovechando que ella seguía hablando mientras miraba al techo y salí del bar sin hacer mucho ruído. El viento soplaba con fuerza y la gente corría nerviosísima por las calles gritando y tirándose de los pelos unos a otros. Algunos, los más egoistas, se tiraban de los propios cabellos practicando una suerte de onanismo capilar que, en mi humilde opinión, no tenía ninguna gracia. Me agazapé en un portal hasta que se me cruzó un joven con melena, le agarré del pelo y empecé a tirar con todas mis fuerzas mientras el chillaba como un cerdo.

Debieron ser precisamente los gritos lo que atrajo una piara de cerdos que paseaban por allí y que, furiosos, empezaron a mordernos y a patearnos con sus pezuñas de manera despiadada. El melenas y yo dejamos de lado nuestras diferencias y nos convertimos en aliados por necesidad para enfrentarnos a la porcina agresión. Dos horas después llegaba a casa exhausto y magullado. Los cerdos son enemigos fieros y hay que ver que patadas pegan.

Quienes tienen el gusto de conocerme saben que yo, Tuz Kutimon, soy una persona alegre además de un hombre de paz, tranquilo, puede que incluso en exceso, pero lo cierto es que ni tengo prisa por llegar a ningún lado ni me gusta dejar que las emociones irracionales dominen mi ajetreada existencia. Como en todas las cosas hay excepciones. Cuando vi a mi pobre y querido Numa inconsciente y amoratado en la cama del hospital sentí hervir la sangre en mis venas a la vez que una ira ciega y nociva, oscura, se apoderaba de mi.

            Los médicos no me supieron decir que había ocurrido más allá de lo que resultaba obvio, le habían dado una paliza de muerte y precisamente ahí, discutiendo con la Parca acerca de si se iba o se quedaba, estaría mi buen amigo, la persona más inocente que conocía. Lo trajeron de madrugada los servicios de emergencia, apenas respiraba por que la brutal agresión le había provocado un neumotórax severo además de varias hemorragias internas. Su respiración era lenta, pesada y ruidosa y eso, en alguien joven y vital como él, resultaba especialmente doloroso. La cara, un hermoso y delicado rostro de piel suave y tersa, pálida, estaba deformada por los golpes hasta el punto de que resultaba difícil reconocer su verdadera apariencia. El ojo izquierdo apenas se intuía sepultado bajo una enorme hinchazón y el labio inferior, partido y burdamente cosido, dibujaba una sonrisa burlona y doliente, grotesca hasta lo ridículo. Los brazos estaban llenos de moratones y entre ellos pude apreciar varias quemaduras, de cigarrillo supuse, el agresor se había ensañado con él. Desgraciado. Cobarde.

            Me incliné sobre él sumido en una desgarradora desesperación, frustrado por no poder hacer nada más que llorar su dolor e incapaz de transmitir algo de vida a aquel cuerpo magullado y castigado por la absurda crueldad de los hombres. No sé cuanto tiempo estuve susurrándole al oído. En un momento dado observé con alegría como Numa abría los ojos, más bien un ojo, el izquierdo apenas me ofreció un rendija a través de la cual un iris verde esmeralda se agitó asustado y veloz. Por aquella masa amoratada e irreconocible que era su rostro fluyeron lágrimas. Lágrimas de incomprensión, de miedo, de dolor. Pero sobre todo eran lágrimas de pena, lágrimas fruto de una tristeza absoluta, carente de ira, lágrimas inocentes de un alma inocente, sin malicia ni mezquindad.

            – No ha dicho nada aún – el doctor de voz neutra y fría, tal vez acostumbrado a ver estas cosas, intentó transmitirme algo de calor humano apoyando su mano sobre mi hombre hundido.

            – ¿Y que va a decir doctor? ¿Qué pretende que diga? – respondí sin girar la cabeza, quería que me dejaran en paz. Que nos dejaran en paz. – Es sólo un niño doctor ¿Qué va a decir? – repetí angustiado

            Estreché su pequeña manita entre las mías, el dedo anular estaba roto y al percibir la extrema fragilidad de aquel cuerpo, aún en pleno proceso de formación, me sentí desgarrado por un dolor lacerante que me consumía, alimentando en el proceso una furia irracional y primitiva, asesina, que se iba apoderando de mi al ver a una criatura tan indefensa en aquel estado, apalizada de forma cruel por un villano malnacido que había perdido el alma y la humanidad. Temblada como lo que era, un niño de cuatro años indefenso y asustado, terriblemente asustado, confuso ¿Cómo podía alguien hacerle esto a un niño? Me miró con su ojito derecho más o menos intacto, lloroso y suplicante, aterrorizado mientras sus dedos se replegaban sobre mi pulgar. Buscaba el cariño que todo niño necesita para crecer, para sobrevivir, el cariño que su padre le había proporcionado a base de golpes. Lo necesitaba. No entendía otro lenguaje.

            Acaricié con delicadeza sus brazos, le sequé las lagrimitas que rodaban por sus mejillas. Gimió. Incluso el más mínimo contacto le dolía. Sonreí con infinita tristeza y le hablé de nuestros juegos, le dije que pronto volveríamos a sentarnos a colorear en el centro público, le prometí que leeríamos cuentos y saltaríamos en el parque. Me creyó, confió en mi y al percibir la fe absoluta que aquel niño maltratado ponía en mí, un adulto, rompí a llorar. Lloré incapaz de comprender las acciones de aquel que era responsable de semejante atrocidad y lloré por Numa, por no ser capaz de explicarle el porqué. Lloré por que lloraba y lloré al ver sus lágrimas teñidas de sangre. Sabía que no era la primera vez y hasta ese momento había sido capaz de mantenerme al margen y hacer lo posible por compensar cada golpe con una sonrisa, cada morado con un cuento y cada quemadura con un nuevo juego.

            Durante tres días no me moví del hospital. Al tercer día me dirigí a cierto bar cochambroso que conocía bien. Era de madrugada y espere afuera, entre las sombras y la niebla nocturna, a que la bestia y su acompañante saliesen. No era alcohólico o drogadicto, ni siquiera esa patética y triste excusa podía argumentar. Se trataba sencillamente un animal rabioso. Soy Tuz Kutimon y no soy partidario de la violencia pero aquella noche la ejercí de manera directa y brutal. Aquella bestia sin corazón no volvería a tocar a Numa y Numa nunca sabría quien era la bestia. La primitiva ira que me poseía aquella noche quería más. Demandaba ajustar cuentas con la madre, esa repugnante avestruz que jamás movió un dedo. La dejé ir. También odié a los vecinos por su silenciosa y mortal displicencia y, sobre todo,  me odié a mi mismo por haberme mantenido al margen durante demasiado tiempo. 

            Con el paso de los años Numa se convirtió en un muchacho inteligente, bueno y vivaz y aunque siempre afirmó creer que su padre había muerto en un accidente (eso fue lo que le dije) sospecho que ese trasfondo triste que aún hoy se atisba en su mirada, oculta un inconsciente reconocimiento de la verdad. Mucho me temo que el niño que fue, la criatura maltratada que yacía en aquella cama del hospital, desconcertada ante tamaña y brutal violencia, nunca le abandonará del todo. En cuanto a mi, Tuz Kutimon, sé que debería arrepentirme por lo que hice, sé que toda vida es sagrada, lo sé. Pero no me arrepiento. No me arrepiento en absoluto. Pueden ustedes juzgarme y yo aceptaré humilde su juicio pero no me arrepentiré jamás por lo que hice y mis actos me perseguirán hasta el día que me muera y los dioses me juzguen y cuando lo hagan les diré lo que ahora les digo a ustedes, que no me arrepiento.

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver que pasa (Albert Einstein)

Lo que se les de a los niños, los niños lo darán a la sociedad (Karl A. Menniger)

He llegado por fin a lo que quería ser de mayor: un niño (Joseph Heller)

Los expertos se devanaban los sesos intentado analizar el extraño caso de aquellos pobres desgraciados que, sin ninguna duda, estaban totalmente en sus cabales y yo, como los locos siempre han sido mi pasión, me las ingenié para conseguir trabajo en aquel sanatorio mental. Durante las reuniones de personal procuraba mantenerme en un extremo de la mesa y hablar lo menos posible, aún así de vez en cuando me preguntaban alguna cosa (como si entendiese algo de lo que decían) y yo, muy serio y concentrado, asentía mientras entornaba los ojos y ponía cara de circunstancias o negaba vehementemente frunciendo el ceño cuando algo me parecía mal, y recalco lo de parecía, por que como les he comentado a ustedes no tenía ni repajolera idea de lo que aquella gente decía. Al cabo de unos días llegué a la conclusión de que no era difícil hacerse pasar por loquero.

            No les he dicho que me encontraba en un Sanicomio, un hospital mental para cuerdos regentados por locos. Los sanicomios son lugares muy especiales y escasos en los que si uno está cuerdo lo encierran en una celda acolchada hasta que se vuelve loco, entonces le dan el alta y arreando, a otra cosa. Si nunca llegas a perder la razón puedes darte por jodido por que no te sueltan en la puñetera vida. Ustedes pensarán que es fácil salir, sólo hay que hacerse el loco y ya está, pero no pierdan de vista una cosa, hacer creer a un loco que uno está loco no es tan sencillo, es más bien una locura impensable.

            Lo único incómodo de trabajar en un sanicomio es el uniforme. Éste es muy sencillo y consiste en un pantalón blanco y una camisa de fuerza. Lo malo es que hasta que lo coges el tranquillo a la camisa de fuerza, lo de ir al servicio es un problema por que no sueles llegar a tiempo y te lo haces encima. A mi me costó tres semanas, hasta que por fin el vigésimo segundo día, aprendí a dislocarme el hombro, escurrir el brazo y bajarme la cremallera o el pantalón a tiempo. En cuanto lo conseguí me ascendieron a supervisor de primer grado. Doble paga y despacho propio. Esto es vida, pensé.

            Las rondas de visita eran lo mejor de la jornada. Era un glorioso espectáculo ver a los suplicantes pacientes gritando su cordura desesperados en sus preciosas celdas acolchadas exigiendo que les dejaran marchar. A los que parecían haber perdido la razón los llevábamos a una sala especial para entrevistarlos, determinar su grado de locura y certificar que, ciertamente, estaban preparados para salir a la calle como locos decentes. Siempre hay pacientes que intentan jugártela, recuerdo el caso de uno que lo hizo muy bien hasta que al final la cagó. Demasiado ambicioso.

            – Soy Napoleón – nos dijo muy serio después de una entrevista en la que nos había hecho creer que era un lunático de tomo y lomo. Desconozco el motivo pero este pequeño francés de apellido Bonaparte tiene gran predicamento entre los locos, y es que podríamos decir que el sueño de todo loco que se precie es llegar a creerse Napoleón y andar por ahí con la mano en el pecho.

            – ¿Napoleón? – el jefe de los locos, un tipo totalmente desbaratado, llorón y algo violento que no paraba de ingerir pastillitas de todos los colores, le miró a los ojos desconfiado – Se ha pasado usted amigo mío. Para ser Napoleón hay que ser un loco de categoría cinco y usted, pobre cuerdo subnormal, con su interpretación no ha llegado a la tercera, ha ido demasiado lejos – el tipo parecía nervioso y se le empezaba a notar desesperado.

            – No… Napoleón no, quería decir… – había empezado a sudar como un pollo – ¡¡¡Dios!!! Soy Dios – concluyó satisfecho con una sonrisa de oreja a oreja.

            – Por favor – intervine muy disgustado con aquel idiota – Además de falto de imaginación y cuerdo es usted un patético monoteísta. Sus respuestas son al extremo racionales e irritantes. Me aburre muchísimo hablar con usted. A la celda acolchada con él – Le dije a un celador totalmente loco que al momento le agarró del pelo y se lo llevó mientras el desgraciado, de vuelta en sus cabales, pataleaba y era arrastrado como un saco de patatas histérico.

            – Muy bien dicho señor Kutimon, le declaro oficialmente dueño del mundo – dijo mi superior el jefe de los locos muy orgulloso de mi comentario. Me pegó una pegatina amarilla en el pecho en la que se leía “Dueño del mundo” y quiso invitarme a varias de sus pastillitas, tres rojas y una azul y blanca, a lo que me negué discretamente. No creo que se sintiera ofendido por que fue negarme yo e iluminársele los ojos a él, tremendamente feliz por poder tragar doble ración de lo que quiera que contuviesen sus queridas pastillitas.

            Estuve trabajando allí cinco meses hasta que me marché con los hombros doloridos por la camisa de fuerza y por tener que andar dislocándomelos a todas horas para poder orinar (soy un gran meón, por si ustedes no lo saben, y debo admitir que mi función renal es excelente y efectiva en grado sumo, mi organismo filtra hasta las más microscópicas y ponzoñosas sustancias). Además el sueño número ciento quince, de mi lista de sueños de mi vida, se hizo realidad cuando me llamaron de un bufete preguntándome si me apetecía ejercer de abogado así que me fui a la feria más cercana y, tras pescar cinco patitos de goma amarillos con esos palos largos que tienen un ganchito al final, obtuve como premio una licencia de abogado temporal para ocho semanas. En el bufete se mostraron encantados de que yo, Tuz Kutimon el del nombre grosero, accediese a trabajar con ellos. Mis aventuras como abogado se las contaré en otra ocasión si a ustedes les parece bien.

Se me había hecho muy tarde, era noche cerrada y los sonidos de la  noche, con los grillos al frente, lo envolvían todo. La luz amarillenta y opaca de los faroles de gas proyectaba lúgubres sombras sobre el pavimento de la ancha avenida arbolada, donde una sucesión de robles nudosos y ancianos protegían las eternas y viejas casas señoriales de aspecto triste tras sus oxidadas verjas de hierro fundido.
El traqueteo del tranvía nocturno me sacó de mi ensimismamiento. Lo vi acercarse renqueante y destartalado y cuando se detuvo frente a mi chirriando, pude ver a través de los temblorosos cristales la figura de un hombre. Era el único viajero. Al subir las escaleras los tablones de madera desgastada crujieron bajo mis pies, pagué mi billete a un soñoliento conductor, cuya cabeza se balanceaba de manera rocambolesca y peligrosa, y me senté frente al desconocido en uno de los incómodos y rígidos bancos, también de madera, que recorrían todo el lateral de aquel tranvía que parecía sacado de otra época. El desconocido tenía un aire familiar, melancólico, triste. Un aire de genio.
Se trataba de un hombre de unos sesenta años, de mirada profunda y perdida y con una amarga sonrisa dibujada en el rostro. El pelo le había desaparecido de la mitad anterior de la cabeza y eso le daba un aspecto algo desbaratado, como el tranvía. De su ropa humilde destacaba la sencilla rebeca de lana mal abotonada, como la llevaría un artista despistado o un niño, y el pantalón de pana marrón, demasiado ancho, gastado, sobre el que reposaba un elegante sombrero granate descolorido. La sencillez de su ropa no ocultaba la grandeza del hombre que me miraba fijamente a través de unos ojos penetrantes, como si quisiera decirme algo que yo no era capaz de interpretar mientras sus dedos jugueteaban con un arrugado trozo de papel.
Sin mediar palabra alargó la mano ofreciéndome aquel pequeño pedazo de papel. Lo cogí. En él había escrito unos versos breves:
 En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores,
que nunca se cuentan.

En el momento en que leí los versos supe quien era el hombre. El poeta. El cantor. Alcé la vista pero ya no estaba ¿Cómo iba a estar si hacía ahora setenta años de su muerte? Setenta años desde que marchó, el alma herida y cansada, rota, el cuerpo castigado y yaciente, la inspiración intacta. Setenta años desde que, dolido y hastiado, obligado, comprometido, hubo de partir dejando atrás su añorada niñez, llevando tan solo el dolor de un exilio breve en el que la muerte piadosa no quiso que estuviera más de la cuenta. En el reverso del arrugado papel pude ver otro verso, el último que su genio parió, un verso que, a modo de despedida, escribió sin saber que con él decía adiós al triste mundo que le había tocado vivir.

Estos días azules y este sol de la infancia…

Nota del autor: sirva este humilde, muy humilde, relato para homenajear al enorme poeta que fue Antonio Machado Ruiz cuyos versos tienen la virtud de evocar en mi emociones, recuerdos y sensaciones de un modo único, mágico. Conforme pasan los años y vuelvo a dejarme seducir por sus versos se hacen más evidentes la realidad de sus palabras:

 Y al cabo nada os debo, me debéis cuanto escribo

Que gran verdad, no hay manera de pagar lo impagable y es que sus versos son un tesoro eterno para todo aquel que se acerque a ellos. Antonio Machado falleció en Colliure (Francia) el 22 de febrero de 1939, apenas unos días después de haber cruzado la frontera con Francia en una ambulancia. El verso al que hago referencia en el relato “Estos días azules y este sol de la infancia” se encontró en el bolsillo de su chaqueta después de morir. Tenía sólo 64 años. Esta es la última foto que se tomo de él en el hotel de Colliure:

El poeta en el exilio

De todos es sabido que los dioses son omniscientes, lo saben todo y lo ven todo, pero es precisamente esa omnisciencia la que hace que no se fijen en los pequeños detalles. Imagínense ustedes que se pasan el día en todas partes a la vez, escuchando, viendo y sintiendo absolutamente todo lo que ocurre en esta vasta creación que habitamos. Se ve que los dioses piensan que con eso es suficiente pero no, si se te escapan los pequeños detalles, en el fondo es que no te estás enterando de nada.

Paseando con un dios que, aburrido, había descendido de las alturas para mezclarse con los pobres mortales como yo, terminamos en un hermoso parque infantil donde algunos conocidos observaban a sus hijos jugar en los columpios.

– ¿Qué son esas extrañas criaturas? – pregunto el dios intrigado

– ¿Criaturas? – el joven padre de pelo negro le miró asustado – ¿Qué criaturas? ¿Acaso han vuelto los negroperros?

Los negroperros son una raza de canes mutantes con muy malas pulgas. Pulgas malas de verdad, de las que pican con saña y a traición y lo hacen con mala idea, son unas pulgas vengativas y traicioneras. Pero esa es otra historia que no debe preocuparnos por ahora.

– Esas criaturas pequeñas que emiten ese fastidioso sonido  – una mueca de disgusto se dibujó en su rostro mientras señalaba a los críos

– ¡Esas criaturas son los niños! – la mamá histérica y sobreprotectora parecía molesta de verdad – Y no emiten ningún ruido fastidioso, están jugando y se ríen.

– ¿Podría ver uno?

– ¿Un qué?

– Un… niño – dudó la divinidad al recordar el nombre de aquellos seres

Uno de los padres, deseoso de ganar puntos ante la posibilidad de que aquello de la vida eterna fuese real, se acercó rápidamente y cogió en brazos a su hijo de apenas un año que jugaba en la arena. Se lo ofreció al dios para que éste a su vez lo cogiese.

– ¿Qué es esto? – señaló al pañal mientras el padre permanecía en pie frente a él sujetando a la criatura.

– El pañal – respondió el padre dudando de la omnisciencia de aquel dios

– ¿Y por qué llevan este… pañal?

– Ya sabe… es por que los niños… – dejó la frase en el aire

– Los niños qué – inquirió el dios impaciente

– Verá señor dios, los críos se cagan y se mean encima, por eso les ponemos pañal – decidí echar un cable al pobre padre

– Ah ya veo – respondió el dios satisfecho – son defectuosos

– ¡No! – la madre defendió a los niños – lo que pasa es que tienen que aprender

– ¿Aprender? ¿Qué es aprender?

– ¿Que es aprender? – repitió burlón un segundo padre que hasta entonces había permanecido en un segundo plano – habló el señor don “yo no necesito aprender

– Pues claro queno necesita aprender imbécil, es un dios – me enfrenté a aquel bobo, que sin saberlo podía meternos en un buen lío, y le invité con la mirada a regresar a su patético segundo plano.

– No comprendo ese concepto, aprender – el dios parecía algo atribulado – ¿acaso no nacéis sabiendo todo lo que necesitais? Si estas criaturas se defecan encima son defectuosas ¿o no?

– No divinidad, las cosas no funcionan así – a ver como le explicaba yo a un dios lo que era aprender. Manda huevos que un mortal tenga que enseñarle a un dios, pensé – La vida es aprender, puede parecer extraño pero es así, vamos adquiriendo experiencia con el paso del tiempo.

– ¿Y al final llegais a saberlo todo?

– Pues… no, ni nos acercamos – admití

A partir de ahí se inició un absurdo debate filosófico acerca de la esencia de la vida. El dios cansado de nuestra mortal ignorancia se elevó sobre nosotros envuelto en una aureola de lucecitas verde amarillentas con destellos violetas y se alejó volando. El pobre niño que llevaba media hora en volandas se cagó dejando una peste horrible en el aire y yo, después de meditar el asunto durante siete minutos y medio, me marché muy contento de no saberlo todo.

La voz de su marido le llegó apagada y confusa, lo tenía al lado pero era lo mismo que estar sola. Su atención se centró en el hombre que unos metros más allá observaba, con atención y lujuria, a la hermosa mujer del vestido negro con reflejos azulados. No pudo evitar fijarse en lo deseable que era ella, en el dibujo perfecto de sus estrechas caderas a través del vestido y en las largas piernas que, de tanto en tanto, se insinuaban en un ligero pliegue de la tela y de las que sólo podían atisbarse los tobillos finos, de trazo suave, y unos pies deliciosos que las sandalias apenas ocultaban. Los tobillos eran perfectos, esbeltos y delicados, y al instante se imaginó besándolos, acariciándolos con los labios mientras sus manos jugueteaban con aquellos pies de porcelana de los que emanaba un doloroso halo de erotismo. Durante unos instantes compartió el anhelo que, sin ninguna duda, asaltaba al misterioso hombre que por fin se había decido a avanzar hacia ella.

Se trataba de un hombre alto y delgado, atractivo. Un hombre al que se veía seguro de mismo a pesar de la innegable incertidumbre que, puntualmente, le asaltaba en aquellos momentos. Tenía unas manos bonitas, con algo de vello, lo justo para que tuvieran ese aspecto varonil que tanto le atraía. Su andar era firme y decidido aún ante la duda de saber si ella le iba a rechazar o no. Miró a la mujer y antes de que ellos mismos lo supieran, ella, testigo mudo de una pasión en ciernes, pudo ver que no, que no iba a ser rechazado. Estaban deseando abrazarse. Cuando vio la mano izquierda de la mujer reposando sobre la cadera de esa forma tan inocente y provocadora, sintió que le fallaban las piernas. Su marido dijo algo. El mismo marido que, arrastrado por la costumbre, hacía meses que no le hacía el amor. No le escuchó. Ni siquiera sabía quién era ese hombre que vivía con ella y se decía padre de sus hijos.

Volvió a mirar a la pareja. La mujer había ofrecido su cuello largo y pálido y se retorcía voluptuosamente, sumergida en un mar de besos y caricias apenas ocultas mientras con los ojos entornados, giraba la cabeza hacia donde estaba ella. Sus miradas se cruzaron lascivas durante unos segundos. Las nalgas de él, redondeadas y duras, delataban el encuentro de ambos sexos sobre la ropa en un movimiento que por momentos se iba volviendo frenético. Ella temblaba como un animal acorralado y al mismo tiempo se contoneaba seductora llevando la voz cantante en aquella danza contenida. Eran movimientos suaves, ligeros como los temblores que la azotaban, sólo perceptibles para el hombre que los provocaba y para ella, solitaria observadora.

Pese al ruido de la calle pudo escuchar, tal vez imaginar, los gemidos sordos e hipnóticos de la mujer y la respiración agitada del hombre, ofreciendo a su amante una combinación de dulzura e instinto animal, salvaje, que sólo es posible encontrar en algunos hombres. Finalmente los vio partir de la mano, contenido apenas el deseo, el paso tembloroso y las miradas anhelantes, expectantes. Cuando desaparecieron en las sombras del vestíbulo del viejo edificio quiso echar a correr e ir tras ellos para participar en aquel intercambio de sensaciones que se avecinaba. Quería volver a sentirse deseada, explorada, poseída. Añoraba el calor de otro cuerpo en ebullición y  el temblor de sus muslos en tensión, húmedos y al borde del éxtasis, quería dejarse llevar como ellos y saborear la vida fluyendo en su interior, palpitante, tibia. Los imaginó sudorosos, fundidos en un solo cuerpo, él dentro de ella. Imaginó sus uñas desgarrando la espalda de él y casi pudo percibir el doloroso placer que precede al clímax. Escuchó el grito ahogado de ambos y los imaginó juntos, amantes.