El cauce seco del Turia parte en dos la ciudad de Valencia que, cálida y luminosa, se desparrama sobre antiguas marismas frente al Mediterráneo, rodeada de una huerta rica y fértil que, moribunda, se resiste a desaparecer. El mar toma la desembocadura del río y, valiente, consciente de su poder, lo penetra unos cientos de metros dando la falsa impresión de que estamos ante un río caudaloso. Sin embargo hay que remontarse varios kilómetros tierra adentro para encontrar las verdaderas aguas del Turia que antaño completaban la ruta hasta el mar y que, apenas hace unas décadas, se derramaron furiosas sobre una ciudad que quedó anegada y convertida ella misma en río. Eran otros tiempos. Tiempos mejores para el Turia.

Esta ciudad que es Valencia, es una ciudad alegre, apática en lo cotidiano, a ratos adormilada, despreocupada y casi siempre ajena a sus grandes posibilidades, una ciudad que vive feliz la fiesta del fuego que se avecina, la fiesta del patrón carpintero, San José, y es que fueron los carpinteros los que tiempo atrás colgaban crisoles de fuego para iluminar las oscuras noches de invierno, crisoles que con el crecer de los días dejaban de ser necesarios y allá por marzo, para celebrar la fiesta de su buen patrón, quemaban en hogueras para mayor alegría de vecinos y visitantes que usaban de aquellos fuegos para deshacerse de trastos, muebles y enseres y, quien sabe si también, de las cosas malas que portaban encima.

La sátira llegó después, allá por el setecientos, sátira de ministros, de nobles, de políticos y en general de todo aquel que se pusiera a tiro. No importaba la razón. Sátira carnavalesca y barroca que con el tiempo se ha convertido en derroche de color, en deslumbrante y vistoso arte pasajero, fugaz en su existencia y que, irremisiblemente, se convierte en pasto de unas llamas que cada 19 de marzo reclaman sin falta su tributo.

Más allá de tópicos, que no por serlo dejan de ser ciertos, la ciudad recibe engalanada y orgullosa a los visitantes que la fiesta atrae. Las buenas gentes de aquí, de Valencia, cuya confianza cuesta ganar, se pasean con la cabeza alta a sabiendas de que su fiesta, sus Fallas, traspasan fronteras y acercan a incrédulos y asombrados viajeros que maravillados y, por que no decirlo, algo suspicaces, preguntan por el sentido de la fiesta incapaces de comprender que lo mejor es el sacrificio al fuego de esas monumentales y esplendorosas obras que son las Fallas.

Ni mejores ni peores que otras fiestas, grandes o pequeñas, las Fallas deben ser conocidas, vividas, tal vez no comprendidas pero siempre disfrutadas, pues sin las Fallas, sin el olor a pólvora que invade la ciudad, sin el vibrante estruendo de las mascletaes, sin el luminoso espectáculo de los castillos nocturnos, sin el fuego en definitiva, no es posible comprender Valencia. Si el visitante no lo entiende que no padezca, que se deje llevar, que aparte la voz de la razón y desborde sus sentidos con la pasión, con el color y con el sentir de una tierra que, como todas las demás, cada una en lo suyo como debe ser, se ofrece orgullosa de su tradición, de su pasado, de su historia. Una historia de la que todo aquel que pise la ciudad estos días pasará a formar parte, pues la nuestra es la historia de todos los que nos visitan. Sed bienvenidos a Valencia.

Nota del autor: durante unos días estaré desaparecido, a todos los que pasais por aquí deciros que será sólo un breve descanso, un saludo y si podéis, animaros a visitar Valencia estos días.