Hace ya mucho tiempo que dejé de ser esclavo del tiempo pero antes de mi liberación, me gustaba llevar el viejo reloj de bolsillo de mi bisabuelo, un trasto oxidado al que había que dar cuerda cada media hora y que, generalmente, se adelantaba o atrasaba en función del día de la semana que fuese. Los pares hacia atrás los impares adelante.

Un buen día me percaté de que el reloj había dejado de funcionar y no por falta de cuerda, que se la daba puntualmente cada dos cuartos de hora, si no por que se le había roto una tripa. Al agitarlo sin demasiados miramientos pude escuchar claramente un tintineo en su interior. La tripa estaba suelta y el problema parecía serio así que me dirigí a un grupo de señoras que, alegremente, parloteaban en la plaza de aquel villorrio diminuto, compuesto por apenas una docena de casas, una desvencijada iglesia y una especie de taberna que hacía las veces de ayuntamiento los dos o tres días al año que el pueblo así lo precisaba.

– Disculpen señoras, ¿sabrían decirme si alguien en este pueblo arregla relojes? – pregunté muy educadamente

– Majadero – me dijo una anciana de rostro cuarteado y ojos diminutos

– Señora sin ofender, sólo pretendía arreglar mi reloj – respondí bastante disgustado por el insulto

– Joven, no se entera usted de nada, Majadero hace relojes, él podrá ayudarle – así que aquello no era un insulto sino un nombre, reflexioné alegre ante la perspectiva de que alguien pudiese meter mano en mi viejo reloj.

– Pobre Majadero – dijo una segunda anciana de piel clara y ojos grandes como platos. Se conoce que en ese pueblecito las jóvenes no hablaban ni por saber morir por que las dos o tres mujeres que aún no habían cumplido los cincuenta se manteían en silencio y ni siquiera me miraban a la cara. La edad todavía era un rango a respetar allí.

– ¿Y porqué pobre Majadero? – me picaba la curiosidad

– Es tonto – una tercera anciana tomó la palabra – de remate además.

– El más tonto del pueblo – corroboró una cuarta mujer, esta si, algo más joven que las anteriores o al menos con muchas menos arrugas en el rostro.

– Así que en este pueblo el más tonto hace relojes – no pude evitar una ligera sonrisa, para que luego digan que los dichos populares no tienen base.

– Así es buen hombre – dijo una de las mújeres jóvenes, rubia y entrada en carnes pero atractiva al fin y al cabo. La mirada que le lanzaron las ancianas era de claro reproche, supongo que aquella desvergonzada debía ser la oveja negra del grupo, aún así no la interrumpieron – Es tan tonto que no sabe ponerse  nervioso si se le estropeaba el reloj así que es el único capaz de arreglarlo. Y no sólo suyo sino los de todos los demás.

– Si, gracias a los dioses por enviarnos a semejante tonto – la primera anciana retomó la palabra y ante su afirmación todas las demás, jóvenes y ancianas, se persignaron repetidas veces mientras murmuraban ininteligibles plegarias – No sabe usted buen señor lo duro que es no saber la hora que es y perder la noción del tiempo y no tener ni idea de que es lo que hay que hacer. Hace cinco años – continuó la mujer dando por sentado que aquella historia me interesaba – se me estropeó el reloj, me subió la fiebre y me fui a hacer la colada más tarde de lo debido, preparé la comida pasadas las ocho y la cena por la mañana. Menos mal que Majadero me ayudó, bendito tonto de remate, que los dioses le bendigan.

Era obvio que a aquellas buenas gentes, pese a vivir considerablemente aisladas del mundanal ruido, les había afectado la fiebre del Tiempo y es que el contagio avanza veloz en los mundos que alcanza. Incluso allí, en tan diminuto y recóndito lugar, el Tiempo se había adueñado de todo y de todos menos del alegre Majadero, un individuo realmente atípico, risueño y feliz, el más tonto del pueblo, que curiosamente hacía relojes. 

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