En contra de lo que se suele creer al principio sólo podía oír. Oía el crujido de los metales retorciéndose de dolor, los chispazos de las decenas de cables magullados, abiertos, que recorrían aquel maltrecho vagón, los pasos sobre las piedras que rodeaban las vías, pasos de personas que ofrecían o pedían auxilio. Pero por encima de todo oía los gritos del interior del tren. Gritos de pánico, de miedo, de incomprensión.  

            Se limpió el líquido denso y caliente que le cubría el rostro, su propia sangre, con el dorso de la mano y entonces vio. Vio el vagón desde el suelo donde yacía, de lado, destrozado y sucio, lleno de polvo y fragmentos que mejor no saber de donde procedían. Vio un pequeño e inofensivo fuego que, extrañamente, le transmitió una cierta sensación de calidez en aquella fría mañana de marzo. Vio gente aturdida moviéndose de manera deslavazada, confusa, gris. Vio amargura.

            Después sintió y con el sentir llegó el dolor. Un agudo pinchazo en las piernas que, aplastadas bajo un amasijo de lo que veinte minutos antes eran un par de filas de asientos, no podía mover. Menos mal que podía sentir el delicioso y agudo dolor. Lo que no sintió fue pánico. Será el shock se dijo a si misma en un alarde de lucidez. Al menos mis piernas siguen estando ahí, triste consuelo.

            La sangre y las cenizas le supieron amargas. Las paladeó como si de una cata de vinos se tratase y el sabor, áspero y seco, le produjo náuseas. Escupió groseramente sobre el suelo del tren casi sin fuerzas, junto a su mejilla.  

            Sin embargo lo más desagradable fue el olor. Olor a muerte sin duda. Así es como huele la sinrazón, pensó. En aquel tren se respiraba olor a podredumbre y a bomba, a desesperación, a tristeza, a terror, a ciega venganza. Era un olor a cercanía, a conocidos sin nombre. Olor a gente, ni buenos ni malos, sólo gente al fin y al cabo, como ella. Olor a compasión. Olor a comprensión.

            Los ojos le pesaban y su cerebro embotado apenas reaccionaba ante la confusión reinante. No supo quién o porqué. No supo cuantos quedaron allí, en aquel tren con ella. Mientras la vida se le escapaba con cada gota de sangre que se deslizaba por sus múltiples heridas, pensó en la inmensa pena que sentía por aquellos que, Dios sabría porqué, habían provocado aquello. Pensó en lo triste y perdido que debía estar un ser humano para obrar así, para sentir tan poco aprecio por la vida. Lloró por aquellas pobres personas que se habían dejado consumir por una ira ciega que había convertido su existencia en algo tan miserable y pobre que no podía soportarse.

            Pensó en lo que daría por poder hablar tan solo un segundo con los responsables, no por despecho o rencor, por amor mas bien. Pensó en lo afortunada que era por ser capaz de sentir compasión en aquellos momentos, cuando sabía que su vida tocaba a su fin. Pensó en sus hijos y en su marido. Deseó que el odio no los consumiera, que el ciclo no continuase con ellos.

            Reclinó la cabeza sobre el suelo, cansada, y el olor desapareció. Al momento el sabor de las cenizas ensangrentadas se disipó en su boca y las piernas dejaron de doler. Cerró los ojos y dejó que la sangre cubriese de nuevo su hermoso y desaliñado rostro. Por fin, cuando se hizo el silencio, se durmió y todo quedó en calma.

Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego

(Mahatma Gandhi, 1869 – 1948)

En recuerdo de las víctimas y asesinos de los antentados del 11 de marzo de 2004. Este humilde autor confía y desea que, a pesar del dolor, de la rabia y de los deseos de justicia o venganza, allá cada uno, seamos capaces de romper ese círculo vicioso de incomprensión y ajustes de cuentas en que el mundo está sumido. No culpemos a Dios, a Alá, a los demás o al azar de nuestros propios actos, somos plenamente responsables de todas y cada una de las decisiones que tomamos en nuestra vida. Seamos pues conscientes de la responsabilidad que ello implica por que no hay religión o bandera que merezca pagar el precio de una vida humana. Ante todo somos personas, todos nosotros, no lo perdamos de vista. 

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