Entorno al año 63 a.C. nació mi gran amigo Marco Vipsanio Agripa, gran militar y amante de la arquitectura, detalle este último que pocos conocen. Agripa era una persona sencilla que siempre prefirió la humilde y tosca vida del soldado antes que los avatares y entresijos de la política que tan bien se le daban a su íntimo amigo, el gran emperador Octavio Augusto.

Cuando viajo en el tiempo me gusta visitarle en la isla de Lesbos, desde donde, durante un breve período de tiempo, ejerció el gobierno de la provincia de Siria. Como a él, no me gusta el ajetreo de la gran ciudad y Roma si me permiten ustedes el apunte, no es que fuese una ciudad grande, era inmensa, un parásito que albergaba a casi un millón de almas y que vivía de la riqueza que le ofrecía su vasto imperio. Tengan ustedes en cuenta que un millón de almas en aquellos lejanos días eran muchas almas y no miento si les digo que a mi, Tuz Kutimon, amante de la paz y la tranquilidad del campo, semejante monstruo urbano me causaba pánico.

Los viajes en el tiempo son extremadamente caros así que, pese a la gran amistad que nos une, no nos vemos todo lo que me gustaría, para él es otra historia claro, su percepción de nuestros encuentros es bien diferente. Forjar una buena amistad entre hijos de mundos y épocas tan dispares no es tarea fácil. Supongo que tanto Agripa como yo coincidimos en que lo que importa de verdad son las personas más allá de tiempos y lugares, sin que prejuicios, leyes o modas alteren nuestra mutua percepción del otro. Créanme si les digo que Marco Agripa es una gran persona, ojalá le conociesen ustedes.

– Hermano Kutimon, que alegría verte de nuevo, parece que fue ayer cuando nos vimos por útlima vez – Me dijo sonriendo cuando me vio aparecer junto a la balaustrada de mármol de su residencia en Lesbos. Las vistas eran espectaculares con el mar al fondo.

– Es que fue ayer querido Agripa, al menos para ti – dado que siempre le vistaba en Lesbos él tenía la impresión, real por otra parte, de que nos habíamos visto todos los días del último mes.

– Por Júpiter es cierto ¿y para ti hermano Kutimon? ¿cuanto hace que no nos vemos?

– Ocho meses Agripa – respondí con tristeza – echaba de menos esa desgaradable voz tuya – Agripa soltó una estruendosa carcajada ante mi ocurrencia y me ofreció una copa de vino con miel que yo acepté gustoso.

– Hermano, si es cuestión de dinero ya sabes que puedes llevarte unos millones de sestercios en oro – Era un tipo franco y generoso, siempre me hacía la misma oferta y yo siempre la rechazaba.

– Gracias Marco, ya sabes que no puedo llevarme nada de aquí, las consecuencias serían imprevisibles – recordaba mi viaje al funeral de un futuro amigo y sus funestas cosecuencias, además no creo que ningún banco del Universo aceptase sestercios romanos del siglo I por muy relucientes y recién acuñados que estuviesen. 

Las dos horas que pasábamos juntos eran sencillamente exquisitas. Dos amigos compartiendo una copa de vino, dejándose llevar por una conversación agradable y sincera a la luz de los largos y cálidos atardeceres mediterráneos. Como todo lo bueno en la vida aquellas reuniones debían terminar. Las leyes temporales establecen que no se podrá visitar a una misma persona más de 30 veces así que aquel fue mi último encuentro con el general Agripa. Se trataba de evitar el establecimiento de lazos demasiado fuertes entre nativos y viajeros, lazos que antes o después podrían desembocar en quebranto de las normas provocando catástrofes temporales, yo mismo me había sentido tentado de llevar a Agripa al futuro para que conociese mi mundo.

– Te echaré de menos hermano Kutimon – me dijo emocionado mientras palmeaba con fuerza mi espalda. Los romanos son gente curiosa, recios y grandes soldados no temen mostrar sus emociones. Agripa estaba al borde las lágrimas. Yo también – Supongo que no volveremos a vernos

– Yo si te veré a ti Marco – respondí – es lo menos que puedo hacer.

– Que Jano te proteja hermano Kutimon

Habíamos llegado a conocernos bien y sé que se sintió tentado de preguntarme cuándo y cómo iba a morir. Supongo que sabía que jamás se lo hubiera dicho. La última vez que lo vi fue en su funeral.

En marzo del año 12 d.C. falleció el general Marco Vipsanio Agripa, mano derecha del emperador Cayo Julio César Octavio Augusto. Era joven, apenas 51 años a sus espaldas y la muerte le cazó en Panonio, más allá del Danubio, prestando su último servicio a Roma. Pese a que consiguió regresar a la ciudad  falleció al poco tiempo. Su íntimo amigo el emperador Augusto organizó un funeral majestuoso y él mismo leyó el discurso en honor de nuestro común amigo. Lloró como un niño cuando recibió la noticia. No llegamos a cruzar palabra pero me pareció un buen hombre de tristeza sincera.

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