febrero 2009


Se me había hecho muy tarde, era noche cerrada y los sonidos de la  noche, con los grillos al frente, lo envolvían todo. La luz amarillenta y opaca de los faroles de gas proyectaba lúgubres sombras sobre el pavimento de la ancha avenida arbolada, donde una sucesión de robles nudosos y ancianos protegían las eternas y viejas casas señoriales de aspecto triste tras sus oxidadas verjas de hierro fundido.
El traqueteo del tranvía nocturno me sacó de mi ensimismamiento. Lo vi acercarse renqueante y destartalado y cuando se detuvo frente a mi chirriando, pude ver a través de los temblorosos cristales la figura de un hombre. Era el único viajero. Al subir las escaleras los tablones de madera desgastada crujieron bajo mis pies, pagué mi billete a un soñoliento conductor, cuya cabeza se balanceaba de manera rocambolesca y peligrosa, y me senté frente al desconocido en uno de los incómodos y rígidos bancos, también de madera, que recorrían todo el lateral de aquel tranvía que parecía sacado de otra época. El desconocido tenía un aire familiar, melancólico, triste. Un aire de genio.
Se trataba de un hombre de unos sesenta años, de mirada profunda y perdida y con una amarga sonrisa dibujada en el rostro. El pelo le había desaparecido de la mitad anterior de la cabeza y eso le daba un aspecto algo desbaratado, como el tranvía. De su ropa humilde destacaba la sencilla rebeca de lana mal abotonada, como la llevaría un artista despistado o un niño, y el pantalón de pana marrón, demasiado ancho, gastado, sobre el que reposaba un elegante sombrero granate descolorido. La sencillez de su ropa no ocultaba la grandeza del hombre que me miraba fijamente a través de unos ojos penetrantes, como si quisiera decirme algo que yo no era capaz de interpretar mientras sus dedos jugueteaban con un arrugado trozo de papel.
Sin mediar palabra alargó la mano ofreciéndome aquel pequeño pedazo de papel. Lo cogí. En él había escrito unos versos breves:
 En los labios niños,
las canciones llevan
confusa la historia
y clara la pena;
como clara el agua
lleva su conseja
de viejos amores,
que nunca se cuentan.

En el momento en que leí los versos supe quien era el hombre. El poeta. El cantor. Alcé la vista pero ya no estaba ¿Cómo iba a estar si hacía ahora setenta años de su muerte? Setenta años desde que marchó, el alma herida y cansada, rota, el cuerpo castigado y yaciente, la inspiración intacta. Setenta años desde que, dolido y hastiado, obligado, comprometido, hubo de partir dejando atrás su añorada niñez, llevando tan solo el dolor de un exilio breve en el que la muerte piadosa no quiso que estuviera más de la cuenta. En el reverso del arrugado papel pude ver otro verso, el último que su genio parió, un verso que, a modo de despedida, escribió sin saber que con él decía adiós al triste mundo que le había tocado vivir.

Estos días azules y este sol de la infancia…

Nota del autor: sirva este humilde, muy humilde, relato para homenajear al enorme poeta que fue Antonio Machado Ruiz cuyos versos tienen la virtud de evocar en mi emociones, recuerdos y sensaciones de un modo único, mágico. Conforme pasan los años y vuelvo a dejarme seducir por sus versos se hacen más evidentes la realidad de sus palabras:

 Y al cabo nada os debo, me debéis cuanto escribo

Que gran verdad, no hay manera de pagar lo impagable y es que sus versos son un tesoro eterno para todo aquel que se acerque a ellos. Antonio Machado falleció en Colliure (Francia) el 22 de febrero de 1939, apenas unos días después de haber cruzado la frontera con Francia en una ambulancia. El verso al que hago referencia en el relato “Estos días azules y este sol de la infancia” se encontró en el bolsillo de su chaqueta después de morir. Tenía sólo 64 años. Esta es la última foto que se tomo de él en el hotel de Colliure:

El poeta en el exilio

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De todos es sabido que los dioses son omniscientes, lo saben todo y lo ven todo, pero es precisamente esa omnisciencia la que hace que no se fijen en los pequeños detalles. Imagínense ustedes que se pasan el día en todas partes a la vez, escuchando, viendo y sintiendo absolutamente todo lo que ocurre en esta vasta creación que habitamos. Se ve que los dioses piensan que con eso es suficiente pero no, si se te escapan los pequeños detalles, en el fondo es que no te estás enterando de nada.

Paseando con un dios que, aburrido, había descendido de las alturas para mezclarse con los pobres mortales como yo, terminamos en un hermoso parque infantil donde algunos conocidos observaban a sus hijos jugar en los columpios.

– ¿Qué son esas extrañas criaturas? – pregunto el dios intrigado

– ¿Criaturas? – el joven padre de pelo negro le miró asustado – ¿Qué criaturas? ¿Acaso han vuelto los negroperros?

Los negroperros son una raza de canes mutantes con muy malas pulgas. Pulgas malas de verdad, de las que pican con saña y a traición y lo hacen con mala idea, son unas pulgas vengativas y traicioneras. Pero esa es otra historia que no debe preocuparnos por ahora.

– Esas criaturas pequeñas que emiten ese fastidioso sonido  – una mueca de disgusto se dibujó en su rostro mientras señalaba a los críos

– ¡Esas criaturas son los niños! – la mamá histérica y sobreprotectora parecía molesta de verdad – Y no emiten ningún ruido fastidioso, están jugando y se ríen.

– ¿Podría ver uno?

– ¿Un qué?

– Un… niño – dudó la divinidad al recordar el nombre de aquellos seres

Uno de los padres, deseoso de ganar puntos ante la posibilidad de que aquello de la vida eterna fuese real, se acercó rápidamente y cogió en brazos a su hijo de apenas un año que jugaba en la arena. Se lo ofreció al dios para que éste a su vez lo cogiese.

– ¿Qué es esto? – señaló al pañal mientras el padre permanecía en pie frente a él sujetando a la criatura.

– El pañal – respondió el padre dudando de la omnisciencia de aquel dios

– ¿Y por qué llevan este… pañal?

– Ya sabe… es por que los niños… – dejó la frase en el aire

– Los niños qué – inquirió el dios impaciente

– Verá señor dios, los críos se cagan y se mean encima, por eso les ponemos pañal – decidí echar un cable al pobre padre

– Ah ya veo – respondió el dios satisfecho – son defectuosos

– ¡No! – la madre defendió a los niños – lo que pasa es que tienen que aprender

– ¿Aprender? ¿Qué es aprender?

– ¿Que es aprender? – repitió burlón un segundo padre que hasta entonces había permanecido en un segundo plano – habló el señor don “yo no necesito aprender

– Pues claro queno necesita aprender imbécil, es un dios – me enfrenté a aquel bobo, que sin saberlo podía meternos en un buen lío, y le invité con la mirada a regresar a su patético segundo plano.

– No comprendo ese concepto, aprender – el dios parecía algo atribulado – ¿acaso no nacéis sabiendo todo lo que necesitais? Si estas criaturas se defecan encima son defectuosas ¿o no?

– No divinidad, las cosas no funcionan así – a ver como le explicaba yo a un dios lo que era aprender. Manda huevos que un mortal tenga que enseñarle a un dios, pensé – La vida es aprender, puede parecer extraño pero es así, vamos adquiriendo experiencia con el paso del tiempo.

– ¿Y al final llegais a saberlo todo?

– Pues… no, ni nos acercamos – admití

A partir de ahí se inició un absurdo debate filosófico acerca de la esencia de la vida. El dios cansado de nuestra mortal ignorancia se elevó sobre nosotros envuelto en una aureola de lucecitas verde amarillentas con destellos violetas y se alejó volando. El pobre niño que llevaba media hora en volandas se cagó dejando una peste horrible en el aire y yo, después de meditar el asunto durante siete minutos y medio, me marché muy contento de no saberlo todo.

La voz de su marido le llegó apagada y confusa, lo tenía al lado pero era lo mismo que estar sola. Su atención se centró en el hombre que unos metros más allá observaba, con atención y lujuria, a la hermosa mujer del vestido negro con reflejos azulados. No pudo evitar fijarse en lo deseable que era ella, en el dibujo perfecto de sus estrechas caderas a través del vestido y en las largas piernas que, de tanto en tanto, se insinuaban en un ligero pliegue de la tela y de las que sólo podían atisbarse los tobillos finos, de trazo suave, y unos pies deliciosos que las sandalias apenas ocultaban. Los tobillos eran perfectos, esbeltos y delicados, y al instante se imaginó besándolos, acariciándolos con los labios mientras sus manos jugueteaban con aquellos pies de porcelana de los que emanaba un doloroso halo de erotismo. Durante unos instantes compartió el anhelo que, sin ninguna duda, asaltaba al misterioso hombre que por fin se había decido a avanzar hacia ella.

Se trataba de un hombre alto y delgado, atractivo. Un hombre al que se veía seguro de mismo a pesar de la innegable incertidumbre que, puntualmente, le asaltaba en aquellos momentos. Tenía unas manos bonitas, con algo de vello, lo justo para que tuvieran ese aspecto varonil que tanto le atraía. Su andar era firme y decidido aún ante la duda de saber si ella le iba a rechazar o no. Miró a la mujer y antes de que ellos mismos lo supieran, ella, testigo mudo de una pasión en ciernes, pudo ver que no, que no iba a ser rechazado. Estaban deseando abrazarse. Cuando vio la mano izquierda de la mujer reposando sobre la cadera de esa forma tan inocente y provocadora, sintió que le fallaban las piernas. Su marido dijo algo. El mismo marido que, arrastrado por la costumbre, hacía meses que no le hacía el amor. No le escuchó. Ni siquiera sabía quién era ese hombre que vivía con ella y se decía padre de sus hijos.

Volvió a mirar a la pareja. La mujer había ofrecido su cuello largo y pálido y se retorcía voluptuosamente, sumergida en un mar de besos y caricias apenas ocultas mientras con los ojos entornados, giraba la cabeza hacia donde estaba ella. Sus miradas se cruzaron lascivas durante unos segundos. Las nalgas de él, redondeadas y duras, delataban el encuentro de ambos sexos sobre la ropa en un movimiento que por momentos se iba volviendo frenético. Ella temblaba como un animal acorralado y al mismo tiempo se contoneaba seductora llevando la voz cantante en aquella danza contenida. Eran movimientos suaves, ligeros como los temblores que la azotaban, sólo perceptibles para el hombre que los provocaba y para ella, solitaria observadora.

Pese al ruido de la calle pudo escuchar, tal vez imaginar, los gemidos sordos e hipnóticos de la mujer y la respiración agitada del hombre, ofreciendo a su amante una combinación de dulzura e instinto animal, salvaje, que sólo es posible encontrar en algunos hombres. Finalmente los vio partir de la mano, contenido apenas el deseo, el paso tembloroso y las miradas anhelantes, expectantes. Cuando desaparecieron en las sombras del vestíbulo del viejo edificio quiso echar a correr e ir tras ellos para participar en aquel intercambio de sensaciones que se avecinaba. Quería volver a sentirse deseada, explorada, poseída. Añoraba el calor de otro cuerpo en ebullición y  el temblor de sus muslos en tensión, húmedos y al borde del éxtasis, quería dejarse llevar como ellos y saborear la vida fluyendo en su interior, palpitante, tibia. Los imaginó sudorosos, fundidos en un solo cuerpo, él dentro de ella. Imaginó sus uñas desgarrando la espalda de él y casi pudo percibir el doloroso placer que precede al clímax. Escuchó el grito ahogado de ambos y los imaginó juntos, amantes.

Al principio me sentí angustiado, aterrorizado. Podía sentir el agua colarse por las fosas nasales, recorrer mi tráquea y deslizarse en silencio por los bronquios y bronquiolos hasta anegar completamente mis pobres pulmones de mamífero bípedo. Abrí los ojos y lo único que vi fue agua. Agua por todas partes, agua por arriba y agua por abajo, agua a mi alrededor. El pánico se apoderó de mi y es que no me apetecía morir así, de una forma tan húmeda y oscura.

Fue entonces cuando me di cuenta de dos cosas. La primera y más tranquilizadora fue que ni iba a morir, llevaba mis buenos quince minutos despierto y aún seguía respirando (o lo que quiera que uno haga bajo el agua con los pulmones anegados) y es que, de algún modo, mi cuerpo se había adaptado a aquella nueva y acuática situación. Me miré las manos para ver si había desarrollado membranas interdigitales pero no era el caso, todo parecía normal y tengo que reconocer que me sentí algo decepcionado, salvo por lo de respirar bajo el agua claro. La segunda cosa de la que me percaté fue que allí abajo había luz (uno tiende a pensar que está abajo cuando está bajo el agua, aunque aquel bien podía ser uno de esos mundos invertidos donde el cielo es de agua y el mar de aire) Como decía, en cuanto mis ojos se adaptaron, pude percibir unos suaves y relajantes destellos azules. Más que destellos, ondas.

Allí no habían referencias y al moverme en una dirección deduje que me sumergía por que noté un incremento de la presión en mis oidos. Decidí subir. A mi alrededor las ondas azules se hacían cada vez más brillantes. Era como si brotasen de la nada, como si alguien lanzase piedras invisibles en medio de aquella acuosa nada. Las ondas provocaban una ligera vibración en el agua, una extraña música que, junto a los destellos azules, me llevó a un estado de relajación casi absoluta.  

Luchando contra la somnolencia que me embargaba alargué la mano tratando de tocar alguna de las ondas que vibraban a mi alrededor y al aproximarme al punto exacto en el que se generaba una de ellas vi que, en su centro, en el preciso momento en que la onda se formaba, había un minúsculo remolino girando a una velocidad endiablada. Lo miré con curiosidad, estudiándolo por ariba y por abajo. No medía más que unos pocos centímetros y al colocar la palma de la mano sobre él sentí una ligera succión aparentemente inofensiva así que acerqué la mano aún más. El pequeño remolino me atrapó sin apenas darme cuenta. Primero se tragó mis dedos, luego la mano, la múñeca y al final, todo mi cuerpo. De mi sólo quedó la esencia y si quieren saber que es eso de la esencia, vayan y pregunten a los dioses. Ellos sabrán, yo sólo puedo decir que mi cuerpo se fue al carajo pero yo, lo quiera que fuese yo, seguí allí.

Estaba confuso, aturdido, no recuerdo experiencia más desagradable que aquella de ser succionado por un diminuto remolino que te arranca el cuerpo así por las buenas. Entonces vi las ondas que emanaban de mi propio ser alejándose de mi a una frecuencia inusitadamente baja, azul a mi alrededor. Era muy hermoso ser un remolino y producir aquellas bonitas y vibrantes ondas azules. Entonces me vi. Luchando por no ahogarme, agitado al principio, asustado y desconcertado. Relajado un poco después. Me vi descender y luego ascender en aquel medio tan extraño. Me concentré y una de mis ondas chocó contra mi pierna llamando la atención de aquel cuerpo que era yo. Me acerqué a mi mismo y me vi extender la mano hacia el remolino en que me había convertido. Cuando estuve muy cerca succioné con fuerza y absorví todo mi cuerpo. Cuando quise darme cuenta toda había vuelto a empezar.

El vestido, que en un primer momento le había parecido demasiado ceñido, se ajustaba perfectamente a las líneas de su cuerpo y el roce de la áspera tela le provocaba leves escalofríos. No había nada entre la tela y su piel y eso la excitaba. Se giró hacia la puerta del viejo y señorial edificio mientras la brisa le acariciaba el rostro. Ella se dejó querer y esperó. Inconscientemente su mano izquierda trató de deslizarse hacia su sexo, la detuvo a la altura de la cadera izquierda pero no fue capaz de retirarla de allí.

Se sintió observada y por el rabillo del ojo pudo ver a un hombre que la miraba. Delgado y algo más alto que ella, con el pelo corto y elegantemente alborotado, castaño, sus ojos no la dejaban ni un segundo. Se giró mientras él se acercaba temeroso. En contra de lo que cualquier observador hubiera afirmado él se sentía más turbado que ella, receloso, a pesar de lo cual no dejó de avanzar. Ella le sonrió seductora e inocente, incitándole a seguir.

Era un hombre bien parecido, de ojos verdes, sinceros y profundos que él mantenía deliberadamente entornados. La barba recortada de dos días, cuidada, le daba un cierto aire animal y reforzaba un rostro alargado, estrecho y muy varonil, de pómulos marcados y una ligera sonrisa que, a pesar de los nervios, no perdió ni por un segundo. El traje, un mil rayas de color azul oscuro, casi negro, parecía hecho a medida y ella percibió, aún antes de que se aproximara, que la deseaba con todo su ser. Lo reconoció apenas se cruzaron sus miradas y el pareció sorprenderse por ello. Cuando sus cuerpos se encontraron y él depositó su mano derecha en su cintura, ella pudo sentir la inmensa excitación que emanaba de aquel desconocido al que tanto echaba de menos.

Sus cuerpos se aproximaron todavía más y ella, dejando de lado cualquier pudor, alargó las manos hacia el trasero de él, por el camino sus dedos su rozaron levemente pero no quiso entretenerse. Delicioso, duro, quería desnudarlo allí mismo y la mera idea le provocó temblores de placer. Respiraba con dificultad y cuando sintió sobre su pelvis que el sexo de él estaba más que preparado se sintió desfallecer. Echó la cabeza hacia atrás mostrándole el cuello y entornó los ojos, él cerró los suyos y se lanzó a por el delicioso regalo que se le ofrecía. Cuando sus labios se posaron en ella, y mientras con la mano diestra recorría el pecho de él, gimió y se entregó a la sensación de sus besos sobre la palpitante yugular que con cada ensordecedor latido le gritaba que la poseyera allí mismo. Ella podía sentir el latir de su propia vena y como él, queriendo formar parte de aquel torrente de vida y excitación acompañaba cada pálpito con los de su propio sexo contra el de ella. El roce de la barba, lejos de molestarle, hacía que lo desease aún más. Él gemía en silencio y su respiración animal y entrecortada delataba un deseo apenas contenible. Presionó su sexo sobre el de ella, terriblemente excitado y a punto de perder el control. El instinto se abría paso a la fuerza y cuando las manos de ambos se encontraron en algún punto entre sus cuerpos decidieron marcharse de allí y dar rienda suelta al placer, a un placer que llevaban meses anhelando.

Después de tanto viajar por el tiempo y el espacio, por este y otros mundos, sin lugar a dudas el lugar que más huella ha dejado en mi ha sido Endor (llamado también Endóre), la Tierra Media, que existió hace mucho y de la que el gran bardo Tolkien nos cantó la historia, las gestas y las batallas, las canciones, los poemas, los viajes, los amores y un sinfín de maravillas que a mi, Tuz Kutimosn, me siguen entusiasmando como la primera vez que escuché de ellas. Mucho hay que contar de esta Tierra Media, pero hoy, como me siento algo melancólico y perdido, empezaré por recordar unos hermosos versos que antaño pronunciara una gran rey:

Et Eärello Endorenna utúlien

Sinome maruwan ar Hildinyar tenn´

Ambar-metta

“Desde el Gran Mar a la Tierra Media he llegado, y en este lugar esperaré paciente, junto a mis descendientes hasta el fin de los tiempos”

Hermosas y tristes palabras pronunciadas por el Rey Elendil al desembarcar a las costas de la Tierra Media tras la caída de Númenor. Palabras que reflejan el hondo pesar de los hijos de los Edain al constatar que su hogar en el exilio no es sino un pálido reflejo de la fantástica Númenórë, el regalo de los Valar a los hombres al final de la Primera Edad del Sol. Su recuerdo ha llegado a nosotros con su nombre u otros diferentes, como el de Atlántida, y es a Númenor y más allá, al oeste y las orillas blancas, donde espero que alguno de mis viajes me lleve algún día pese a que los últimos barcos zarparon hace mucho tiempo, demasiado, desde los Puertos Grises.

No recordaba haberla visto antes de aquel momento a pesar de que se encontraba con ella todos los días. Estaba de espaldas a él con la cabeza ligeramente ladeada hacia su derecha, el pelo castaño oscuro, con reflejos rojizos, le caía con delicadeza sobre el hombro desnudo de una forma tan cotidiana como sensual. Llevaba un vestido negro, ceñido y sobrio e iluminado por unos inquietantes tonos azulados; era un vestido largo, hasta los tobillos, que sin embargo insinuaba, resaltando sutilmente, todas las curvas de su cuerpo. Se trataba sin duda de una mujer deliciosa, hermosa sin ser llamativa y muy apetecible.

El único tirante del vestido le cubría el hombro izquierdo y desde ahí descendía hasta la línea diagonal del sugerente escote bajo el cual los pezones, grandes y muy marcados, coronaban dos pechos pequeños y duros, bien formados, de un tamaño perfecto como a él le gustaban. La mano izquierda de ella descansaba sobre su estrecha cintura, en un gesto inocente y extraordinariamente provocativo, invitándole sin remedio a fijarse en las nalgas firmes y bien torneadas. Cuando los ojos de ambos se encontraron una oleada de deseo se apoderó de él.

Las facciones de la mujer era duras, atractivas, el rostro anguloso y femenino, las cejas, arqueadas y algo gruesas, parecían levitar sobre dos grandes ojos almendrados y marrones, penetrantes, de los cuales emanaba un aire perdido propio de esas personas que se saben fuera de su ambiente. Cuando abrió la boca sus labios rezumaban sensualidad por los cuatro costados. Rojos y húmedos, despertaron en él un deseo hace tiempo olvidado y, ahora se daba cuenta, profundamente añorado.

El hombre se dirigió hacia la mujer y ella no pareció extrañarle, al contrario, le reconoció al instante, causando cierta sorpresa en el cauteloso pretendiente. Con cierto recelo acercó la mano a su cintura. Ella temblaba ligeramente, de una forma apenas perceptible, sutil y arrebatadoramente sexual. Era un temblor animal, instintivo, un síntoma de puro deseo, el mismo deseo que crecía en él por momentos, necesitaba poseerla y en su mirada pudo ver que ella necesitaba lo mismo. No hubo palabras. El tacto del vestido le resultó extraño, áspero, tal vez para contrastar con la suavidad de la pálida piel que se ocultaba tras él. Sus dedos se rozaron y ambos percibieron el calor que emanaba del otro. Suspiros. Ella entornó los ojos, él los cerró y aproximó su boca al cuello de ella. Era alta, más de lo que le había parecido en un primer momento. Su cuello era largo, fino, erótico. El beso sobre el latido de la yugular fue respondido con un sordo gemido, una súplica, un ruego de placer. No había nada más, nadie más, sólo el deseo de poseerse mutuamente. No recordaba haberla visto antes de aquel momento y no podía comprender como, hasta aquel momento no había reparado en ella. La noche fue eterna y ambos la alargaron durante días recorriendo sus cuerpos centímetro a centímetro, palmo a palmo. La pasión y los instintos cabalgaron libres durante días, llevándoles a terrenos inexplorados y prohibidos, dejaron atrás los tabúes y de aquellos instintos primitivos, a raíz de aquella pasión desbocada, surgió algo que bien podría llamarse amor, pero fue un amor sin complejos. Primero conocieron sus cuerpos, luego se conocieron ellos.

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