enero 2009


Probablemente se trata de uno de los lugares más tristes que he visitado a lo largo de los años. Lo bauticé como Olvido y todavía me encojo y lloro, amargo y salado, cuando a mi memoria vuelven fugaces imágenes de tan terrible lugar. En Olvido nadie recordaba nada y nadie conocía a nadie, algunos incluso habían olvidado el más primario de los instintos, el de alimentarse para sobrevivir.

En Olvido no había nombres ni recuerdos. En Olvido la memoria se marchó un día para no volver jamás dejando tras de si un inmenso vacío difícil de definir. Aquella gente era nada. No sabían lo que eran, eran una nada colectiva y hueca sin pasado ni presente, sin futuro, sin voz ni palabras, habladas o escritas. Eran nada y habían olvidado la inolvidable sensación de recordar las cosas.

Un bosque de miradas vacuas y suplicantes que anhelaban algo que no eran capaces de recordar y por lo que sufrían en silencio. Al igual que todo, también el sufrimiento se olvidaba. En Olvido la gente observaba muda, sin interés ni conciencia de lo que veían pues eran nada, tanto daba hombre que árbol, roca que agua, cielo que tierra. Ni sabían ni recordarían aunque se les enseñara. Eran nada.

No fue, sin embargo, el demoledor silencio y las miradas inertes lo que me impactó, no. Fue el miedo, auténtico terror, que sentí ante la posibilidad de que un día mis recuerdos y mi memoria, y con ellos mi esencia misma, decidieran dejarme y marcharse al lugar al que habían partido tiempo atrás los recuerdos de los habitantes de Olvido. Fue la certeza de saber que sin memoria, sin recuerdos, las personas devienen en sacos huecos, en autómatas sin nombre, en fugaz presente sin pasado ni futuro, en silencio. En nada.

Tras la dorada luz del ocaso, entre los caños oxidados de una fuente vieja, se me escapó la vida una tarde de otoño.

La brisa suave, rojiza , cargada de polvo y polen, se desplegó ante mi con ironía, riendo la última escena de aquella miserable obra.

Y así la vida me dejaba, hastiada de mi sopor, dama regia y digna, dama vieja, quedándome tan solo la opacidad extraña de una luz ajena.

Luz mortecina, oblicua y sucia, luz crispada de tanto brillar, luz cegadora y doliente ante los ojos cansados de un moribundo.

Entre los caños oxidados de una fuente vieja  se me iba la vida, veloz como el agua, al ritmo inexorable y lento del sol poniente.

La vida se me  iba y yo la dejaba caer, pesada y rígida, sobre la losa de piedra desgastada y fría de la fuente vieja.

Era tan oscura, tan opaca, tan densa y abrumadora que daba miedo, no soy persona asustadiza no, soy Tuz Kutimon el del nombre grosero, pero allí no se veían nada de nada y lo peor sin duda, era la inquitante y enloquecida miríada de sonidos que emitía la gente (supuse que era gente pero no podría afirmarlo con seguridad pues nunca llegué a ver a nadie) para no chocar unos con otros. Algunos ululaban como buhos, otrós más discretos, tosían o carraspeaban educadamente, los había que repetían monótonas letanías del tipo “voy, paso que voy” y, desde luego, estaban los maleducados, los que chillaban, algunos aullaban más bien, conviertiendo aquella espesa y desconcertante  oscuridad en una suerte de manicomio plagado de sonidos donde, por azar o habilidad, nunca había accidentes.

Puestos a buscar una explicación al principio concluí que allí, donde quiera que fuese allí (nunca supe cómo ni de dónde llegué)  las personas habían desarrollado un radar, como los murciélagos, que les permitía “ver” en su natural y natal oscuridad.

No tardé ni tres segundos en darme cuenta de aquella conclusión, que durante ese breve espacio de tiempo me provocó un innusual sentimiento de orgullo, era a todas luces absurda ¿a santo de qué iba a andar le gente gritando, ululando o carraspeando si podían “ver” en la oscuridad? Puede que lo hicieran por gusto desde luego, pero era poco probable.

Las siguientes dos horas las pasé golpeándome la cabeza contra algo que, deduje, era una pared como castigo por mi estupidez. El subsiguiente dolor de cabeza no me ayudó a concentrarme a la hora de encontrar la auténtica explicación así que traté de hablar con alguno de los extraños habitantes de aquella oscuridad impenentrable. Vano esfuerzo el mío. La falta de luz debía de haberlos dejado sordos ya que me desgañité y voceé hasta la saciedad pero nadie, ni uno solo de aquellos locos, se paró a hablar conmigo ¿Sordos? Inmediatamente regresé a la supuesta pared y retomé el castigo a base de golpes. Los sordos no andarían ululando, carraspeando y gritando me reproché muy cabreado por haber llegado a una segunda conclusión si cabe más estúpida que la primera.

Al final, hastiado de tanto pensar y golpearme la cabeza, decidí quitarme la venda de los ojos. Era francamente molesta, los ojos me escocían y había empezado a ver motitas blancas bailando ante mi.  Me marché profundamente disgustado de aquel lugar al no haber podido descifrar el misterio de la habilidad de los lugareños para caminar sin tropiezos. Recuerdo que antes de irme pensé en algo curioso, y es que yo era el único que llevaba una venda de color gris oscuro, las de todos los demás eran negras y mucho más anchas que la mía. Cosas de la vida.

Ring ring ring, el teléfono resuena y al descolgar nadie hablaba

Ring ring ring, ni en el fijo ni en el móvil, por respuesta la callada

Ring rin ring, qué molestia qué sopor ¿quién será que nada dice?

Ring ring ring, odioso soniquete, que alguien de encima me lo quite

Ring ring ring ¿y si en mi cabeza está? ¿Dígame, con quién tengo el placer de hablar?

Ring ring ring, aquí Dios, ¿acaso eres sordo, porqué tardas en contestar?

Ring ring ring, que enorme  privilegio el creador en mi cabeza

Ring ring ring, so memo no soy tu Dios, crédulo y tonto animal

Ring ring ring, que fastido algo va mal en mi cerebral corteza

Ring ring ring, ni dios, ni tierra, ni nada, es la locura ancestal

Ring ring ring, abrócheme la camisa y acolche mi habitación

Ring ring ring, que de tanto tono escuchar he perdido la razón

En el mundo vertical tenían un problema de espacio muy serio, se trataba de un mundo atestado de gente y plagado de rascacielos en el que no era posible desplazarse más que hacia arriba o hacia abajo, de manera que la gente no salía de sus enormes y altísimos edificios por que no había espacio al que salir. Había escaleras naturalmente pero, dada la considerable altura de las construcciones, no eran muy utilizadas. La gente sin duda prefería el ascensor o el “subeybaja” como preferían llamarlo allí.

Me alojé en el edificio 74-8888-ASSD9824/W y una mañana que salí a pasear en ascensor me di cuenta de que uno de aquellos “subeybaja” no se detenía nunca y, justo cuando pasaba por mi piso, el 144, escuché una voz que se alejaba suplicante en la dirección en la que el elevador se desplazaba. Al principio no le hice demasiado caso pero al repetirse la experiencia, un día si y otro también, pensé que allí había pulpo encerrado y aunque no soy de los que buscan los siete tentáculos al octópodo llegué a la conclusión de que era preciso someter el asunto a una investigación en profundidad. En media hora estaba todo aclarado.

– Oh, no se apure señor Tukimon, ¿se dice así? – asentí en silencio – se trata de Domicio Vela, el pobre se quedó encerrado en el ascensor hace cinco años.

– ¿Cinco años? – aquello era, desde luego, sorprendente – Madre mía ¿y por que no hacen algo para sacarle?

– Bueno, llamamos al servicio técnico en cuanto el pobre señor Vela se quedó encerrado, pero están tan ocupados y Mundo Vertical es tan grande… – dejó la frase en suspenso

– Si – terminó otro – dijeron que por lo menos hasta dentro de una década no podrían pasarse

– Ya queda menos señor Vela – le gritó una señora mayor al ascensor que en esos momentos pasaba por nuestro piso – Aguante hombre, aguante y mírelo por el lado bueno, ahí dentro no tiene usted que preocuparse de nada. Esta noche le leeremos El prícipe de Gorgolandia.

– ¿Le leen cuentos? – pregunté con curiosidad

– Si, si, es lo menos que podemos hacer por él. Todos los días a las nueve de la noche salimos al rellano y cada uno lee un frase. Nos llevó un tiempo y mucha práctica acoplarnos a la velocidad del ascensor pero ya se puede hacer usted una idea, en cinco años da tiempo para eso y mucho más.

– Y el señor Vela disfuta con nuestras lecturas – corroboró la anciana

– ¿Se lo han preguntado? – indagué con escepticismo

– Pues no, pero es obvio que las disfruta ¿o tiene usted pruebas de lo contrario? – Todos me miraron con franca hostilidad así que negué con la cabeza.

– No, no, desde luego. Estoy convencido que el señor Vela está encantado ¿Podría participar en la lectura de esta noche? El príncipe de Gorgolandia es una de mis cuentos preferidos.

Me asignaron el comienzo del primer párrafo del capítulo quinto. Mi falta de práctica hizo que me adelantase en la lectura así que cuando terminé mi frase pude escuchar al señor Domicio Vela gritar con desesperante desesperación – Por los dioses sáquenme de aquí por favor – la frase me llegó acompañada de un insoportable, y apenas perceptible, hedor que emanaba del “subeybaja”. Durante los días siguientes pegué la nariz a la puerta del ascensor y mi primera impresión quedó así corroborada. Olía a mierda. El pobre señor Vela estaría libre de preocupaciones, es verdad que el gobierno le declaró exento de pagar impuestos en tanto en cuanto permaneciera allí encerrado, pero evidentemente tenía otros problemas de orden escatológico que le acabarían llevando a la locura, si es que no andaba ya corretenado por las praderas de la demencia mientras se ahogaba en sus porpios desechos.

En cierta ocasión tuve ocasión de hablar con un Rey. Era un rey de esos que uno encuentra habitualmente, sin nada de particular. No era, desde luego, un emperador, esos son harina de otro costal y es que donde haya un imperio que se quite un reino. Tras observarlo durante varios días llegué a la conclusión de que este rey era un personaje ciertamente aburrido, alguien que no sabía que hacer con su tiempo y vivía rodeado de aduladores, advenedizos y todo tipo de malas personas, de esas que se arriman y adhieren al poder como garrapatas a la espalda de un perro.

Una mañana, no sin esfuerzo, logré dar esquinazo a toda esa pléyade de cantamañanas, cuyo principal esfuerzo consistía en mantener al pobre rey aislado del mundo, y me colé en los aposentos reales. Cuando entré el rey estaba orinando en su real orinal así que por respeto y pudor, decidí no hacerme notar hasta que hubo terminado. Una vez acabó con lo suyo se giró y me miró fijamente pero sin inmutarse, cosa que me hizo pensar que debía ser algo habitual que la gente se colase a hurtadillas en los reales, pero mal guardados, aposentos. Ante el incómodo silencio, más incómodo todavía por que el buen hombre ondeaba sin vergüenza su real mástil delante de mis narices, me decidí a hablar.

– ¿Qué tal? – ya sé que podría habérseme ocurrido otra cosa mejor, pero a veces el ingenio nos abandona cuando más lo necesitamos y sólo dios sabe donde se mete el condenado.

– Bien, bien – respondió el rey satisfecho mientras ocultaba su pene bajo el camisón blanco de algodón – ¿Desearíais beberos mi real orina? Hoy tiene un aspecto realmente exquisito y el olor, ah el olor es magnífico… – dijo mientras paseaba el orinal por delante de su nariz.

Aquello desde luego era una grosería tremenda aún viniendo de un rey y debo admitir que me enfureció que se faltase tan notablemente a las reglas del más elemental decoro.

– Oiga usted señor mío – le espeté de mal humor – No creo que entre nosotros haya la suficiente confianza como para que usted, por muy rey que sea, me ofrezca beberme su orina sin tan siquiera habernos presentado formalmente.

– Vaya por dios, tiene usted razón, no creo haberle visto por aquí antes. Le ruego me perdone – respondió sinceramente – Soy el rey y a veces me olvido de que no todos son tan listos como yo y como hoy he meado tanto y tan bien pensé que le podría interesar la degustación – la verdad, no sabía lo que quería decir con aquella estupidez pero sonreí ya que no todos los días un rey se disculpa con uno.

– Disculpas aceptadas señor. Dígame ¿es costumbre ofrecer la propia orina como bebida a otras personas? – decidí ir al grano y tratar de sacar algo útil de aquella conversación ya que la puerta estaba siendo aporreada por la pléyade de cantamañanas que al fin me habían descubierto.

– Oh si, desde luego que si – respondió entusiasmado mientras yo me temía una explicación más larga de lo que hubiera deseado – todo se remonta a la época de mi tío abuelo… – me giré decepcionado sólo para ver como la puerta de los aposentos reales comenzaba a ceder y, acto seguido, escapé por la ventana. Al hacerlo tuve que saltar desde una altura considerable y caí encima de un enorme cerdo rosado que del susto salió corriendo hacia dios sabe donde. Con el tiempo supe que el puñetero cerdo, en su loca carrera, había atacado y matado a trece personas. Durante un tiempo me sentí culpable, apenas diez minutos, luego decidí que yo no tenía la culpa de lo que hiciera o dejara de hacer el maldito cerdo y seguí viviendo bastante feliz.

Hace un tiempo anduve por una dimensión cercana a la nuestra y fui a parar a un lugar que no tenía nada especial. Nada salvo la presencia de un hombre transparente que, estaréis de acuerdo conmigo, no es poca cosa. Lo cierto es que ahí estaba el pobre tipo, sumido en el más profundo desconcierto e ignorado por todo el mundo. He ahí el gran inconveniente de ser transparente. Lo verdaderamente curioso sin embargo era que la gente no pasaba a través de él, al contrario todo el mundo lo esquivaba, lo que me hizo pensar que tal vez no fuese tan transparente como a mi me parecía, al fin y al cabo yo era capaz de verlo, vislumbrarlo más bien, intuirlo para ser exactos. Tal vez sus conciudadanos se habían acostumbrado a la desagradable presencia de aquel triste y transparente ser humano, que no dejaba de mirarse la palma de la mano como si en ella fuese a encontrar la solución a su transparencia. Como si el misterio de la vida se ocultase entre las casi invisibles líneas de su mano.

– ¡Por los Dioses! – exclamé en cuanto lo vi – Es usted transparente – afirmé resaltando lo que a todas luces era obvio.

– ¿Dioses? – me respondió el hombre con cara de desconcierto – ¿Qué son dioses?

– ¿No sabe lo que son los Dioses? ¿Acaso no tienen Dioses en este mundo? – tal vez la ignorancia de aquel pobre ateo fuese la causa de su transparencia.

– No sé… – la duda se dibujó en su rostro, aunque me resultó difícil vislumbrarla porque me distrajo una mujer que pasó tras él y me miró directamente a la cara, solapando su rostro con el del pobre infeliz – … Dioses… no, no creo que tengamos de eso aquí, pero bien podría estar equivocado ¿sabe? desde que me ocurrió esto ando un poco distraido y olvido cosas, creo que mi cerebro está al borde de la desaparición.

– Es normal, yo también estaría preocupado ¿le importa si le toco?

– Preferiría que no lo hiciera, resulta bastante incómodo además de embarazoso.

– ¿Quiere decir que lo nota? 

– Pues claro, soy casi transparente, no invisible ¿acaso no me ve usted?

– Cierto. Bueno, no le molesto más creo que seguiré mi camino. Ah por cierto, hágase mirar lo de los Dioses, a lo mejor pueden ayudarle – entonces se me ocurrió que tal vez los Dioses lo habían vuelto transparente – o mejor.. déjelo estar, al fin y al cabo a todo se acostumbra uno. Buenos días.

– Buenos días – me respondió él distraido mirando de nuevo la palma de su mano o tal vez el suelo de tierra que se veía a través de ella.

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