A partir de ahora seguiré viajando desde otra plataforma, pueden ustedes seguir visitándome aquí: http://tuzkutimon.blogspot.com/ y tengan por cierto y seguro que yo, Tuz Kutimon el del nombre grosero, les agradeceré como merecen sus continuadas y bien recibidas visitas.

Por descontado este, mi primer rincón viajero, permanecerá abierto hasta que los dioses (o wordpress) decidan darlo por cerrado pues aquí quedan un buen puñado de relatos. Espero seguir disfrutando de su compañía.

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Astor Piazzolla

El 11 de marzo de 1921 nacía en Mar del Plata, Astor Piazzolla, el gran bandoneonista  y compositor de tangos que propició la revolución de este fantástico género musical. Piazzolla chocó, en sus inicios, con los defensores de la más estricta ortodoxia tanguera aunque hoy es unánimemente reconocido como uno de los grandes. Tras una brillante carrera, Astor Piazzolla falleció el 4 de julio de 1992 en su querido Buenos Aires, su música, según él mismo la definió allá por los 50, es “música argentina contemporánea” Desde el principio tuvo claro lo que quería, en lo que creía y que tipo de música y de Tango deseaba: “Si, es cierto, soy un enemigo del tango; pero del tango como ellos lo entienden. Ellos siguen creyendo en el compadrito, yo no. Creen en el farolito, yo no. Si todo ha cambiado, también debe cambiar la música de Buenos Aires. Somos muchos los que queremos cambiar el tango, pero estos señores que me atacan no lo entienden ni lo van a entender jamás. Yo voy a seguir adelante, a pesar de ellos”.

A mi, Tuz Kutimon, que vivo encandilado por este sensual y desgarrador género que es el Tango, me apasionan las composiciones de Piazzolla y si hay algo que tengo claro en esta vida es que, antes de marcharme, debo bailar, al menos una vez, un Tango como los dioses mandan y eso que de lo de andar bailando no es plato de mi gusto, pero el Tango es el Tango. Desde muy jovencito la voz del maestro Gardel me sedujo y desde entonces, con 14 ó 15 años en que me aprendí de memoria la letra de “La Cumparsita”, no he dejado de escucharlo. Aquí les dejo a ustedes una interpretación de Libertango, en mi opinión una de las mejores obras que compuso Astor Piazzolla.

Mientras el anciano agonizaba en su estrecha y maltrecha cama, apenas cubierto por un pedazo de tela descolorida y deprimente, no dejaba de hablar de la soledad. No crean que el buen hombre se quejaba de estar solo no, nada de eso, lo que hacía mas bien era echar sapos y culebras por la boca maldiciendo todo el dolor que había tenido que soportar al ir perdiendo a todas y cada una de las personas que había amado a lo largo de su larga, larguísima más bien pues había cumplido los 208 apenas una semana antes, vida. Tras más de dos siglos vagando por aquel oscuro mundo que habitaba, lo de oscuro es por que el Sol de aquel sistema quedaba tan lejos que apenas era más brillante que el resto de estrellas del firmamento, llamarlo Sol de hecho era un patético eufemismo, Solecito o Mini sol hubieran sido denominaciones mucho más adecuadas, el caso es que como digo, el anciano había visto llegar e irse a todo y todos a los que había amado y ahora, en el último momento parecía arrepentirse de ello.

– ¿Qué porqué? – el sonido ronco de su respiración no ocultó el cabreo que el moribundo llevaba encima – Señor Kutimon, ¿sabe usted lo que es vivir 208 años y ver morir a todos?

– Pero seguro que se alegra de haber conocido a tanta gente, buenos amigos, su esposa, sus hermanos…

– A todos – gritó fuera de si el viejales – A todos señor mío. Es horrible quedarse el último, no se lo deseo ni a mi peor enemigo. Menos mal que el pobre también murió hace un par de años, al final resultó ser el más solidario y el que más aguantó conmigo – un lágrima le rodó por la mejilla izquierda – 180 años siendo enemigos y es al que más echo de menos, maldito bastardo.

– ¿Y que hubiera preferido usted, estar sólo toda la vida para no perder a nadie?

– Vaya, parece que al fin y al cabo no es usted tonto – se le iba la vida por momentos – Eso mismo hubiera preferido señor Kutimon, vivir solo, estar solo, ser solo. No tener nada ni a nadie. Si no tienes, no pierdes señor Kutimon.

– No me convence anciano.

– ¿Y a mi que carajo me importa si le convenzo o no? Usted me ha preguntado y yo le respondo. Váyase de aquí y déjeme morir tranquilo.

– No se puede vivir solo señor –  insistí en mi afirmación

– ¿Ah no señor Kutimon? – me miró fijamente con unos ojos amarillentos por la enfermedad, ojos de moribundo – ¿Cuanta gente le acompaña en sus viajes amigo mío? ¿Hay acaso algún lugar al que pueda llamar hogar y al que pueda volver? ¿Lleva a alguien en su corazón señor Kutimon? Déjeme que responda por usted. No. Es usted mi ídolo señor mío, mi ídolo.

Tenía razón el condenado anciano. Tal vez, sólo tal vez, mi amor por la soledad, el hecho de disfrutar con mi única compañía de la vida, no era más que un espejismo que ocultaba el terrible temor a atarse a la gente para luego, antes o después, perderla. Lo cierto es que en mis viajes raramente me despido de las personas a las que conozco, no me gusta, odio despedirme, es algo superior a mis fuerzas y si lo hago es con un simple hasta pronto como si fuera a verlos al día siguiente.

Despedirse duele y no se me ocurre nada más doloroso que despedirse de alguien, esposa o amigo, tras una larga y hermosa vida juntos. Aún así el viejo que se moría me había abierto los ojos. Él hubiera deseado ser como yo, pero había disfrutado del amor y la compañía de un sinfín de seres queridos, en cambio yo estaba solo. Más solo que la Luna. Feliz pero solo, sin nadie con quien compartir mis deseos, mis temores o mis sentimientos más íntimos. No me permitía el lujo de amar ¿Acaso eso estaba mal? Siento decir que aún hoy, muchos meses después de que el buen anciano falleciera, sigo dándole vueltas al asunto y no puedo ofrecer una respuesta sincera así que continúo viviendo en la creencia de que la soledad no es mala si es por elección propia. La pregunta, supongo, es ¿existe tal cosa? ¿somos los seres humanos capaces de tomar decisiones por voluntad propia? ¿Elegimos estar solos o acompañados o es la vida la que elige por nosotros? Tal vez si hubiera hecho el curso por correspondencia de Filosofía existencial habría sabido responder a tanta y tan desconcertante pregunta pero de momento soy incapaz de hacerlo. Otro día será.

El cauce seco del Turia parte en dos la ciudad de Valencia que, cálida y luminosa, se desparrama sobre antiguas marismas frente al Mediterráneo, rodeada de una huerta rica y fértil que, moribunda, se resiste a desaparecer. El mar toma la desembocadura del río y, valiente, consciente de su poder, lo penetra unos cientos de metros dando la falsa impresión de que estamos ante un río caudaloso. Sin embargo hay que remontarse varios kilómetros tierra adentro para encontrar las verdaderas aguas del Turia que antaño completaban la ruta hasta el mar y que, apenas hace unas décadas, se derramaron furiosas sobre una ciudad que quedó anegada y convertida ella misma en río. Eran otros tiempos. Tiempos mejores para el Turia.

Esta ciudad que es Valencia, es una ciudad alegre, apática en lo cotidiano, a ratos adormilada, despreocupada y casi siempre ajena a sus grandes posibilidades, una ciudad que vive feliz la fiesta del fuego que se avecina, la fiesta del patrón carpintero, San José, y es que fueron los carpinteros los que tiempo atrás colgaban crisoles de fuego para iluminar las oscuras noches de invierno, crisoles que con el crecer de los días dejaban de ser necesarios y allá por marzo, para celebrar la fiesta de su buen patrón, quemaban en hogueras para mayor alegría de vecinos y visitantes que usaban de aquellos fuegos para deshacerse de trastos, muebles y enseres y, quien sabe si también, de las cosas malas que portaban encima.

La sátira llegó después, allá por el setecientos, sátira de ministros, de nobles, de políticos y en general de todo aquel que se pusiera a tiro. No importaba la razón. Sátira carnavalesca y barroca que con el tiempo se ha convertido en derroche de color, en deslumbrante y vistoso arte pasajero, fugaz en su existencia y que, irremisiblemente, se convierte en pasto de unas llamas que cada 19 de marzo reclaman sin falta su tributo.

Más allá de tópicos, que no por serlo dejan de ser ciertos, la ciudad recibe engalanada y orgullosa a los visitantes que la fiesta atrae. Las buenas gentes de aquí, de Valencia, cuya confianza cuesta ganar, se pasean con la cabeza alta a sabiendas de que su fiesta, sus Fallas, traspasan fronteras y acercan a incrédulos y asombrados viajeros que maravillados y, por que no decirlo, algo suspicaces, preguntan por el sentido de la fiesta incapaces de comprender que lo mejor es el sacrificio al fuego de esas monumentales y esplendorosas obras que son las Fallas.

Ni mejores ni peores que otras fiestas, grandes o pequeñas, las Fallas deben ser conocidas, vividas, tal vez no comprendidas pero siempre disfrutadas, pues sin las Fallas, sin el olor a pólvora que invade la ciudad, sin el vibrante estruendo de las mascletaes, sin el luminoso espectáculo de los castillos nocturnos, sin el fuego en definitiva, no es posible comprender Valencia. Si el visitante no lo entiende que no padezca, que se deje llevar, que aparte la voz de la razón y desborde sus sentidos con la pasión, con el color y con el sentir de una tierra que, como todas las demás, cada una en lo suyo como debe ser, se ofrece orgullosa de su tradición, de su pasado, de su historia. Una historia de la que todo aquel que pise la ciudad estos días pasará a formar parte, pues la nuestra es la historia de todos los que nos visitan. Sed bienvenidos a Valencia.

Nota del autor: durante unos días estaré desaparecido, a todos los que pasais por aquí deciros que será sólo un breve descanso, un saludo y si podéis, animaros a visitar Valencia estos días.

 

Hace ya mucho tiempo que dejé de ser esclavo del tiempo pero antes de mi liberación, me gustaba llevar el viejo reloj de bolsillo de mi bisabuelo, un trasto oxidado al que había que dar cuerda cada media hora y que, generalmente, se adelantaba o atrasaba en función del día de la semana que fuese. Los pares hacia atrás los impares adelante.

Un buen día me percaté de que el reloj había dejado de funcionar y no por falta de cuerda, que se la daba puntualmente cada dos cuartos de hora, si no por que se le había roto una tripa. Al agitarlo sin demasiados miramientos pude escuchar claramente un tintineo en su interior. La tripa estaba suelta y el problema parecía serio así que me dirigí a un grupo de señoras que, alegremente, parloteaban en la plaza de aquel villorrio diminuto, compuesto por apenas una docena de casas, una desvencijada iglesia y una especie de taberna que hacía las veces de ayuntamiento los dos o tres días al año que el pueblo así lo precisaba.

– Disculpen señoras, ¿sabrían decirme si alguien en este pueblo arregla relojes? – pregunté muy educadamente

– Majadero – me dijo una anciana de rostro cuarteado y ojos diminutos

– Señora sin ofender, sólo pretendía arreglar mi reloj – respondí bastante disgustado por el insulto

– Joven, no se entera usted de nada, Majadero hace relojes, él podrá ayudarle – así que aquello no era un insulto sino un nombre, reflexioné alegre ante la perspectiva de que alguien pudiese meter mano en mi viejo reloj.

– Pobre Majadero – dijo una segunda anciana de piel clara y ojos grandes como platos. Se conoce que en ese pueblecito las jóvenes no hablaban ni por saber morir por que las dos o tres mujeres que aún no habían cumplido los cincuenta se manteían en silencio y ni siquiera me miraban a la cara. La edad todavía era un rango a respetar allí.

– ¿Y porqué pobre Majadero? – me picaba la curiosidad

– Es tonto – una tercera anciana tomó la palabra – de remate además.

– El más tonto del pueblo – corroboró una cuarta mujer, esta si, algo más joven que las anteriores o al menos con muchas menos arrugas en el rostro.

– Así que en este pueblo el más tonto hace relojes – no pude evitar una ligera sonrisa, para que luego digan que los dichos populares no tienen base.

– Así es buen hombre – dijo una de las mújeres jóvenes, rubia y entrada en carnes pero atractiva al fin y al cabo. La mirada que le lanzaron las ancianas era de claro reproche, supongo que aquella desvergonzada debía ser la oveja negra del grupo, aún así no la interrumpieron – Es tan tonto que no sabe ponerse  nervioso si se le estropeaba el reloj así que es el único capaz de arreglarlo. Y no sólo suyo sino los de todos los demás.

– Si, gracias a los dioses por enviarnos a semejante tonto – la primera anciana retomó la palabra y ante su afirmación todas las demás, jóvenes y ancianas, se persignaron repetidas veces mientras murmuraban ininteligibles plegarias – No sabe usted buen señor lo duro que es no saber la hora que es y perder la noción del tiempo y no tener ni idea de que es lo que hay que hacer. Hace cinco años – continuó la mujer dando por sentado que aquella historia me interesaba – se me estropeó el reloj, me subió la fiebre y me fui a hacer la colada más tarde de lo debido, preparé la comida pasadas las ocho y la cena por la mañana. Menos mal que Majadero me ayudó, bendito tonto de remate, que los dioses le bendigan.

Era obvio que a aquellas buenas gentes, pese a vivir considerablemente aisladas del mundanal ruido, les había afectado la fiebre del Tiempo y es que el contagio avanza veloz en los mundos que alcanza. Incluso allí, en tan diminuto y recóndito lugar, el Tiempo se había adueñado de todo y de todos menos del alegre Majadero, un individuo realmente atípico, risueño y feliz, el más tonto del pueblo, que curiosamente hacía relojes. 

            En contra de lo que se suele creer al principio sólo podía oír. Oía el crujido de los metales retorciéndose de dolor, los chispazos de las decenas de cables magullados, abiertos, que recorrían aquel maltrecho vagón, los pasos sobre las piedras que rodeaban las vías, pasos de personas que ofrecían o pedían auxilio. Pero por encima de todo oía los gritos del interior del tren. Gritos de pánico, de miedo, de incomprensión.  

            Se limpió el líquido denso y caliente que le cubría el rostro, su propia sangre, con el dorso de la mano y entonces vio. Vio el vagón desde el suelo donde yacía, de lado, destrozado y sucio, lleno de polvo y fragmentos que mejor no saber de donde procedían. Vio un pequeño e inofensivo fuego que, extrañamente, le transmitió una cierta sensación de calidez en aquella fría mañana de marzo. Vio gente aturdida moviéndose de manera deslavazada, confusa, gris. Vio amargura.

            Después sintió y con el sentir llegó el dolor. Un agudo pinchazo en las piernas que, aplastadas bajo un amasijo de lo que veinte minutos antes eran un par de filas de asientos, no podía mover. Menos mal que podía sentir el delicioso y agudo dolor. Lo que no sintió fue pánico. Será el shock se dijo a si misma en un alarde de lucidez. Al menos mis piernas siguen estando ahí, triste consuelo.

            La sangre y las cenizas le supieron amargas. Las paladeó como si de una cata de vinos se tratase y el sabor, áspero y seco, le produjo náuseas. Escupió groseramente sobre el suelo del tren casi sin fuerzas, junto a su mejilla.  

            Sin embargo lo más desagradable fue el olor. Olor a muerte sin duda. Así es como huele la sinrazón, pensó. En aquel tren se respiraba olor a podredumbre y a bomba, a desesperación, a tristeza, a terror, a ciega venganza. Era un olor a cercanía, a conocidos sin nombre. Olor a gente, ni buenos ni malos, sólo gente al fin y al cabo, como ella. Olor a compasión. Olor a comprensión.

            Los ojos le pesaban y su cerebro embotado apenas reaccionaba ante la confusión reinante. No supo quién o porqué. No supo cuantos quedaron allí, en aquel tren con ella. Mientras la vida se le escapaba con cada gota de sangre que se deslizaba por sus múltiples heridas, pensó en la inmensa pena que sentía por aquellos que, Dios sabría porqué, habían provocado aquello. Pensó en lo triste y perdido que debía estar un ser humano para obrar así, para sentir tan poco aprecio por la vida. Lloró por aquellas pobres personas que se habían dejado consumir por una ira ciega que había convertido su existencia en algo tan miserable y pobre que no podía soportarse.

            Pensó en lo que daría por poder hablar tan solo un segundo con los responsables, no por despecho o rencor, por amor mas bien. Pensó en lo afortunada que era por ser capaz de sentir compasión en aquellos momentos, cuando sabía que su vida tocaba a su fin. Pensó en sus hijos y en su marido. Deseó que el odio no los consumiera, que el ciclo no continuase con ellos.

            Reclinó la cabeza sobre el suelo, cansada, y el olor desapareció. Al momento el sabor de las cenizas ensangrentadas se disipó en su boca y las piernas dejaron de doler. Cerró los ojos y dejó que la sangre cubriese de nuevo su hermoso y desaliñado rostro. Por fin, cuando se hizo el silencio, se durmió y todo quedó en calma.

Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego

(Mahatma Gandhi, 1869 – 1948)

En recuerdo de las víctimas y asesinos de los antentados del 11 de marzo de 2004. Este humilde autor confía y desea que, a pesar del dolor, de la rabia y de los deseos de justicia o venganza, allá cada uno, seamos capaces de romper ese círculo vicioso de incomprensión y ajustes de cuentas en que el mundo está sumido. No culpemos a Dios, a Alá, a los demás o al azar de nuestros propios actos, somos plenamente responsables de todas y cada una de las decisiones que tomamos en nuestra vida. Seamos pues conscientes de la responsabilidad que ello implica por que no hay religión o bandera que merezca pagar el precio de una vida humana. Ante todo somos personas, todos nosotros, no lo perdamos de vista. 

Entorno al año 63 a.C. nació mi gran amigo Marco Vipsanio Agripa, gran militar y amante de la arquitectura, detalle este último que pocos conocen. Agripa era una persona sencilla que siempre prefirió la humilde y tosca vida del soldado antes que los avatares y entresijos de la política que tan bien se le daban a su íntimo amigo, el gran emperador Octavio Augusto.

Cuando viajo en el tiempo me gusta visitarle en la isla de Lesbos, desde donde, durante un breve período de tiempo, ejerció el gobierno de la provincia de Siria. Como a él, no me gusta el ajetreo de la gran ciudad y Roma si me permiten ustedes el apunte, no es que fuese una ciudad grande, era inmensa, un parásito que albergaba a casi un millón de almas y que vivía de la riqueza que le ofrecía su vasto imperio. Tengan ustedes en cuenta que un millón de almas en aquellos lejanos días eran muchas almas y no miento si les digo que a mi, Tuz Kutimon, amante de la paz y la tranquilidad del campo, semejante monstruo urbano me causaba pánico.

Los viajes en el tiempo son extremadamente caros así que, pese a la gran amistad que nos une, no nos vemos todo lo que me gustaría, para él es otra historia claro, su percepción de nuestros encuentros es bien diferente. Forjar una buena amistad entre hijos de mundos y épocas tan dispares no es tarea fácil. Supongo que tanto Agripa como yo coincidimos en que lo que importa de verdad son las personas más allá de tiempos y lugares, sin que prejuicios, leyes o modas alteren nuestra mutua percepción del otro. Créanme si les digo que Marco Agripa es una gran persona, ojalá le conociesen ustedes.

– Hermano Kutimon, que alegría verte de nuevo, parece que fue ayer cuando nos vimos por útlima vez – Me dijo sonriendo cuando me vio aparecer junto a la balaustrada de mármol de su residencia en Lesbos. Las vistas eran espectaculares con el mar al fondo.

– Es que fue ayer querido Agripa, al menos para ti – dado que siempre le vistaba en Lesbos él tenía la impresión, real por otra parte, de que nos habíamos visto todos los días del último mes.

– Por Júpiter es cierto ¿y para ti hermano Kutimon? ¿cuanto hace que no nos vemos?

– Ocho meses Agripa – respondí con tristeza – echaba de menos esa desgaradable voz tuya – Agripa soltó una estruendosa carcajada ante mi ocurrencia y me ofreció una copa de vino con miel que yo acepté gustoso.

– Hermano, si es cuestión de dinero ya sabes que puedes llevarte unos millones de sestercios en oro – Era un tipo franco y generoso, siempre me hacía la misma oferta y yo siempre la rechazaba.

– Gracias Marco, ya sabes que no puedo llevarme nada de aquí, las consecuencias serían imprevisibles – recordaba mi viaje al funeral de un futuro amigo y sus funestas cosecuencias, además no creo que ningún banco del Universo aceptase sestercios romanos del siglo I por muy relucientes y recién acuñados que estuviesen. 

Las dos horas que pasábamos juntos eran sencillamente exquisitas. Dos amigos compartiendo una copa de vino, dejándose llevar por una conversación agradable y sincera a la luz de los largos y cálidos atardeceres mediterráneos. Como todo lo bueno en la vida aquellas reuniones debían terminar. Las leyes temporales establecen que no se podrá visitar a una misma persona más de 30 veces así que aquel fue mi último encuentro con el general Agripa. Se trataba de evitar el establecimiento de lazos demasiado fuertes entre nativos y viajeros, lazos que antes o después podrían desembocar en quebranto de las normas provocando catástrofes temporales, yo mismo me había sentido tentado de llevar a Agripa al futuro para que conociese mi mundo.

– Te echaré de menos hermano Kutimon – me dijo emocionado mientras palmeaba con fuerza mi espalda. Los romanos son gente curiosa, recios y grandes soldados no temen mostrar sus emociones. Agripa estaba al borde las lágrimas. Yo también – Supongo que no volveremos a vernos

– Yo si te veré a ti Marco – respondí – es lo menos que puedo hacer.

– Que Jano te proteja hermano Kutimon

Habíamos llegado a conocernos bien y sé que se sintió tentado de preguntarme cuándo y cómo iba a morir. Supongo que sabía que jamás se lo hubiera dicho. La última vez que lo vi fue en su funeral.

En marzo del año 12 d.C. falleció el general Marco Vipsanio Agripa, mano derecha del emperador Cayo Julio César Octavio Augusto. Era joven, apenas 51 años a sus espaldas y la muerte le cazó en Panonio, más allá del Danubio, prestando su último servicio a Roma. Pese a que consiguió regresar a la ciudad  falleció al poco tiempo. Su íntimo amigo el emperador Augusto organizó un funeral majestuoso y él mismo leyó el discurso en honor de nuestro común amigo. Lloró como un niño cuando recibió la noticia. No llegamos a cruzar palabra pero me pareció un buen hombre de tristeza sincera.